sin fin (y 2)
abril 9, 2012 § Deja un comentario
La experiencia de lo real como la experiencia de ŀo enteramente otro nunca podrá darse como una visión de lo real. Una visión puede ser más o menos completa, pero en tanto que visión se encuentra siempre ligada a una posición, y, por eso mismo, nunca entregará nada en verdad real, sino propiamente una determinada captación de lo real. Al fin y al cabo, una visión se da siempre conforme a las condiciones de nuestra receptividad, y la experiencia misma de lo real no puede darse como algo relativo a la posición de un sujeto. Estrictamente, en un campo de visión, lo enteramente otro solo puede indicarse en negativo, esto es, como algo fuera de campo, como esa ausencia que hace posible, precisamente, el aparecer mismo de las cosas como meras cosas. La experiencia positiva de lo real no es, por tanto, la de algo ubicable, aunque sea en un transmundo, sino la que podamos tener de las cosas mismas pero en tanto que sometidas a la inminencia de un final de los tiempos. Dicho de otro modo, la experiencia de lo real depende de hecho del horizonte temporal en el que se inscribe cualquier visión particular de las cosas. Supongamos, por ejemplo, que supiéramos a ciencia cierta que al cosmos le quedan unos dos días. Que todo —¡todo!— termina después. No se trata solo de mi muerte, sino de la Muerte. En esos tiempos finales no nos preguntaríamos a dónde iremos a parar o qué otro mundo nos espera, sino más bien y ahora qué podemos o debemos hacer. El mundo quedaría por entero transfigurado y las cosas dejarían de darse según la medida de cada uno. El mundo ya no podría revelarse como lo que me rodea, sino más bien como esa claridad en la que nos hallamos inmersos. En un mundo transfigurado no hay espectador que valga. El mundo se convertiría de repente en lo más vivo. Y el mundo verdadero coincidiría, al fin, con el mundo fantástico o alucinante de nuestra infancia, horror incluído. De repente, el mundo por entero, con independencia de cual fuera nuestra visión particular de las cosas, se habría convertido en (el) otro mundo. La posibilidad de un final de los tiempos—la posibilidad irrefutable de la aniquilación— se muestra, así, como la única vía por la que el hombre puede palpar la realidad del mundo, su excesiva alteridad, su valor. Y, así, fácilmente comprendemos lo que la tradición bíblica da por sentado de buen principio, a saber, que la genuina experiencia de la trascendencia como la experiencia del silencio que envuelve por completo la Creación no devalúa el mundo, sino que, al contrario, lo carga con el aura de lo santo. La experiencia de lo enteramente otro no se da, pues, como la experiencia de una divinidad ubicable en otro mundo, sino como la experiencia misma de un mundo sometido a la única eternidad efectiva, la de un Dios que, en sí mismo, no es otra cosa que nada. De ahí que la tradición bíblica insista en que no puede haber una genuina experiencia de Dios que no se dé junto con la convicción casi corporal de que el mundo no es eterno, de que el fin es inminente. Será por esto que aquellos que creemos ingenuamente en que no hay final que valga —aquellos que damos por sentado que el mundo es lo que nos rodea—, difícilmente podremos ahorrarnos un mundo en que todo pasa y nada ocurre en verdad. Pero este es el precio que hay que pagar por nuestro desprecio de Dios.