la pastoral del miedo
abril 14, 2012 § Deja un comentario
Hay un cierto paternalismo en la pastoral que siente una aversión casi visceral a la reflexión de un determinado alcance. Això que dius, la gent no ho entendrà, suelen decir los pastores. Y se quedan tan anchos, después de darte unas cuantas palmaditas en la espalda. Es verdad que muchos fieles difícilmente comprenden según qué cosas de las que se afirman en el credo cristiano. Y de ahí que esa pastoral se sienta obligada a ofrecerles algo así como un compendio de principios básicos. Que si Dios nos quiere. Que si Jesús era tan bueno como solo podía serlo Dios mismo. Que el lenguaje de la resurrección lo que quiere decirnos en verdad es que Jesús sigue vivo en nuestros corazones. Etc. Pero ahorrarse según qué preguntas, probablemente por temor a perder la clientela o, simplemente, porque no se quiere caer en el antiguo elitismo, no produce más que rebaños que difícilmente querrán otra cosa que consumir lo que los pastores puedan darles para su satisfacción. Así, la pastoral del miedo, tanto si es de derechas como de izquierdas, deja de ser cristiana, a pesar de que sus contenidos sigan siendo cristianos, para transformarse en una pastoral típicamente religiosa, la cual gira siempre alrededor de la cuestión sobre qué debemos hacer para ganarnos el cielo o la conexión con Dios. Esto es, no acerca a la fe, sino que nos mantiene sometidos al poder de la superstición, aunque ésta se encuentre enmascarada bajo el ropaje, ciertamente más sofisticado, de una espiritualidad de trazos gnósticos o panteístas. Ahora bien, las personas no son siempre tan cortas de miras como supone la pastoral del miedo. Si se les explican bien las cosas, pueden comprender lo aparentemente incomprensible, aunque eso requiera más tiempo del habitual para seguir alimentando los prejuicios religiosos. Es fácil decir que Jesús es Dios. Pero no es fácil saber qué estamos diciendo con ello, pues admitirlo supone dejar definitivamente atrás la idea religiosa de un Dios que se encuentre más allá del Crucificado. Y, así, quienes fácilmente aceptan esto de que Jesús es Dios, o bien lo convierten en un dios paseándose por la tierra, aunque sea con buen rollo, o bien en un hombre capaz de interiorizar por entero a Dios y, por consiguiente, en un ejemplo a seguir. Pero el dogma se escribió, precisamente, para bloquear cualquiera de estas dos interpretaciones. Por eso la pastoral del miedo aleja fácilmente a quienes, hoy en día, se vuelven a hacer las grandes preguntas sobre Dios que condujeron precisamente al credo cristiano, aquellas que nos impiden creer en un Dios que se sitúe por encima de la Cruz. El credo cristiano no tiene nada de elemental, pues no tiene nada de elemental identificar a Dios con un Crucificado. Pero su dificultad no es imposible de entender, si se explica bien. Lo difícil es admitir lo que tarde o temprano uno puede llegar a entender. Y si los simples pueden creer, no es porque comprendan el credo, sino porque solo ellos pueden vivir lo que los teólogos deben comprender. Si Agustín y compañía hubieran tenido el prejuicio de muchos de nuestros pastores, tanto carcas como progres, hoy en día ya no habrían cristianos. O los habría como en Méjico puedan aún haber indígenas que crean que no hay más dios que el Sol.