athéisme
abril 15, 2012 § Deja un comentario
Una manera habitual de negar la existencia de Dios es diciendo que Dios no deja de ser el nombre de otra cosa, por lo común una fuerza o un poder, se trate del poder de la Madre Tierra o el de la Bondad. Esto es, que para el viaje de las cosas no hacen falta las alforjas de Dios. Ahora bien, lo cierto es que no hay mucha diferencia entre quien se refiere a Dios como algo o alguien ahí y quien se queda con lo que hay. Ambos permanecen en el ámbito de los hechos, aunque uno, el creyente, tenga que suponerlos. Quien cree en Dios como si Dios fuera el nombre de otra cosa, no cree verdaderamente en Dios, sino en esa cosa a la que llama Dios como podría llamarla «el fundamento de cuanto es» o también «la cosa más importante o decisiva de nuestras vidas». O, por decirlo según los tecnicismos de la filosofía del lenguaje, ‘Dios’ no sería más que la abreviatura de una descripción definida. Si Dios es el nombre de otra cosa, entonces tiene razón el ateo: para ese viaje no hace falta ir tan lejos. Ahora bien, no deja de ser curioso que en la Biblia el nombre de Dios no pueda funcionar como un nombre al uso. Esto es, en la Biblia el nombre de Dios no refiere o, mejor dicho, no refiere a nada más que a sí mismo. Pero si esto es así —que lo es—, entonces aquél que se encuentra sometido a Dios no se encuentre sometido a ningún poder, aun cuando sea el de la bondad, sino al simple nombre de Dios que es como decir a su falta. Decir YWHW es como decir EANJOIESHOJHIS. El nombre de Dios ha de comprenderse, pues, como comprenderíamos una ‘inscripción’ que halláramos en Marte: como ese signo que reclama un referente que no acaba de revelarse. De ahí que YWHW solo pueda darse como promesa de sí mismo. Al menos, hasta que no comprendamos que donde no puede haber Dios no puede haber más Dios que el que cuelga de un madero.