el Rey León

abril 15, 2012 § Deja un comentario

Desde hace unas semanas tengo a mi hija Clara fascinada con el Rey León. De hecho, sus sensaciones son una mezcla de fascinación y terror: está descubriendo lo santo de la muerte. Frecuentemente, me pregunta si yo también me moriré como Mufasa. Le digo que sí, que con el tiempo los papás nos vamos al cielo —como Mufasa— y que desde allí seguimos cuidando de nuestros hijos. Entonces Clara me dice que ella tiene una idea mejor: que cuando muera me pondrá debajo del grifo de la bañera para que vuelva a la vida. (No sé de donde ha sacado la idea, pero es un fantástica imagen del bautismo: será cierto aquello tan cristiano de que solo el Hijo pudo redimirnos.) Ahora bien, lo que me llama la atención de todo esto es que, desde que sabe que puedo morir, su relación conmigo es más tierna, si cabe. A veces entra en mi habitación simplemente para darme un beso o para decirme que me quiere mucho (y luego, por supuesto, a corretear por el pasillo como si nada…). Es verdad que solo amamos lo que perdimos o podemos perder. Como si, al fin y al cabo, la muerte fuera nuestro privilegio. Como si solo ella pudiera entregarnos el valor de una vida. De ahí a comprender que solo podemos amar un Dios que murió por nosotros hay un paso. Aunque no sea fácil de dar.

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