redención
abril 25, 2012 § Deja un comentario
Religión es reconciliación. Y no puede haber reconciliación, si previamente no hubo ruptura. A grandes trazos, podríamos decir que de lo que se trata es de hacer las paces con esa alteridad de la que tuvimos que apartarnos para poder constituir un yo eficaz. Es así que no hay reconciliación que no suponga un salir de uno mismo, un trascenderse, un ponerse en manos de lo verdaderamente Otro, como quien dice. La diferencia entre las religiones y el cristianismo pasa por una diferente concepción de esa alteridad y, por consiguiente, de la naturaleza misma de la reconciliación. Para las religiones, en general, esa alteridad o bien es sobrehumana o bien no se concibe como una genuina alteridad, sino como esa realidad que, habitando en los más profundo de uno mismo, se encuentra cubierta por la máscara de la subjetividad. En cualquier caso, esa alteridad se comprende como una fuerza o un poder. De lo que se trata, pues, es de que el hombre renuncie a su poder, en definitiva, a su posibilidad para participar de la fuerza de la vida o, si se prefiere, para fundirse con el verdadero poder. En cambio, el horizonte de la experiencia bíblica de Dios no es el de la unión con Dios. Dios no quiere que el hombre se disuelva en Dios, sino que le obedezca, esto es, que responda a su mandato. La ruptura con Dios no se resuelve en la dirección de Dios. Como el parricida que ya no puede reconciliarse con el padre, salvo sintiéndose obligado a cuidar de sus hermanos, los cuales tuvieron una vida de miseria, precisamente, a causa de su parricidio. Es obvio —o debería serlo— que se trata de otro asunto que el típico de la religión. Es por eso que bíblicamente no cabe otra reconciliación con Dios que la que te pone en manos del pobre, pues no hay otra epifanía —no hay otra manifestación de Dios— que la de los hombres y mujeres que, por haber descendido hasta el barro de la historia, pueden responder y responden a la llamada de los crucificados como si se tratase de la llamada misma de Dios. La realidad de Dios, al fin y al cabo, se decide entre hombres, mientras Dios en sí mismo sigue siendo algo que aún está por ver.