monjas made in USA

mayo 1, 2012 § Deja un comentario

Una iluminada estadounidense, Barbara Marx Hubbard, en un simposio de monjas estadounidenses dice lo siguiente (la cita me la envía Marc Vilarassau, siempre atento a estas cosas… y no solo a éstas): aunque puede que nunca sepamos lo que sucedió realmente, sabemos que la historia que se cuenta en los Evangelios es que la resurrección de Jesús fue una primera demostración de lo que yo llamo la persona universal post-humana. Se nos dice que no murió. Él hizo esta transición, abandonó su cuerpo animal y reapareció en un nuevo cuerpo, en el siguiente nivel de fisicalidad, para decirnos a todos que haríamos lo que él hizo. La nueva persona tenía continuidad de conciencia con su vida como Jesús de Nazaret, una vida terrena en la que se había convertido en plenamente humano y plenamente divino. La vida de Jesús es un modelo de la transición del Homo sapiens al Homo universalis.

Quizá lo primero que se me ocurriría preguntarle a esta mujer es ¿cómo lo sabe? ¿Cómo puede estar tan segura de lo que dice? No será por los textos, pues los evangelios afirman sin ambages que el resucitado fue aquel mismo que murió en la cruz. Esto es, que resucita la carne y no un alma encerrada en un cuerpo. Ciertamente, este tipo de interpretaciones, las cuales ya comenzaron a darse desde los primeros tiempos del cristianismo, pretenden hacer frente a la dificultad de comprender la resurrección como una historia de zombies buenos. Y así, tienden fácilmente a ver la resurrección como si la muerte fuera simplemente una transición de un mundo a otro o la liberación de un alma que, siendo de por sí divina, habita en el sepulcro de un cuerpo mortal. Estas lecturas de corte gnóstico entienden la resurrección como si al fin y al cabo no hubiera muerte. Pero no es esto lo que dicen los textos evangélicos. Para los evangelistas, sin duda, hubo muerte. Esto es, lo que resucita es, precisamente, lo que murió. Por tanto, el lenguaje originario de la resurrección en modo alguno pretende decir lo que muchos hoy en día entienden, a saber, que algo de Jesús, sea su mensaje o su espíritu, no quedó afectado por la muerte. Ahora bien, si muchos cristianos se ven hoy en día, como se vieron en su momento, ante la necesidad de encontrar el sentido profundo de la resurrección es porque su sentido originario les resulta del todo inaccesible, por no decir inadmisible. Y, así, tenemos la típica lectura en donde los textos en verdad no dicen lo que aparentemente dicen, sino otra cosa… la cual suele coincidir con lo que uno quisiera que dijeran o, lo que acaso es peor, con lo que uno necesita oir. Sin duda, estamos lejos del contexto vital que hacia directamente comprensible el lenguaje de la resurrección. Sin embargo, entre una actualización según la medida de nuestro interés o prejuicio y una literalidad inviable cabe algo así como una fusión de horizontes (la expresión es de HG Gadamer). Que el cristianismo siga siendo viable qua cristianismo frente a la solución gnóstica depende en gran medida de que esta fusión siga siendo posible. Y es que el problema de una lectura de la resurrección que coge el texto como pretexto es que acaba por comprometer seriamente la revelación de Dios que se da en la cruz de Jesús de Nazareth. Por eso, cualquier proclamación de la resurrección que pretenda seguir siendo cristiana creo que debería tener en cuenta, al menos, un par de cosas:

a) en primer lugar, el hecho de que el lenguaje de la resurrección de los muertos pertenece al marco conceptual de la expectativa apocalíptica. Los creyentes de la época estaban convencidos, pues en eso consistía en gran medida su fe, que Dios acabaría por poner un punto y final a la Historia. Es decir, porque la Creación se encuentra pendiente de Juicio, los hombres y las mujeres no se hallan en verdad sometidos al flujo de un tiempo infinito que iguala el Holocausto al crecimiento de la hierba. Dios respondería al clamor de las víctimas de la historia juzgando a vivos y muertos en el final de los tiempos. El lenguaje de la resurrección se desprende, pues, como una consecuencia lógica de la fe en un Juicio Final: los muertos deben resucitar, si tienen que ser juzgados. Por tanto, proclamar la resurrección del Crucificado equivalía a proclamar que el Juicio había comenzado. Quien no cree que nos encontramos sub iudice no puede creer cristianamente en la resurrección del Crucificado. Una cosa va con la otra;

b) en segundo lugar, el hecho de que el sujeto de la resurrección es Dios y no Jesús de Nazareth. Esto es, la resurrección trata de Dios antes que de Jesús. La confesión creyente no dice el que fue crucificado ha resucitado, sino Dios lo ha resucitado de entre los muertos. O también, Dios lo ha exaltado a su derecha, esto es, el Crucificado se encuentra a la misma altura que Dios. Ahora bien, si esto es posible tratándose de un muerto es porque Dios ha descendido hasta la altura de la Cruz. El lenguaje de la Resurrección es, por tanto, solidario del lenguaje de la Encarnación. De ahí que algunos de los primeros cristianos, con Pablo a la cabeza, entendieran que ya no era posible relacionarse con Dios al margen del Crucificado. O lo que viene a ser lo mismo, que no hay otro Dios que el Crucificado. Que solo quien confesaba al Crucificado como Señor podía reconocer a Dios como Señor. Que nadie podía encontrarse en verdad sometido a Dios que no estuviera sometido al Crucificado. Que la demanda insoslayable de Dios es la que nace de la misericordia de quien, colgado de un madero, sufrió la maldición de Dios. Resurrección es, pues, Revelación.

Ciertamente, ya no poseemos la convicción de que el fin es inminente. Estamos lejos de esa imagen del final. Pero sigue siendo cierto que la confesión cristiana es indisociable de la convicción, no ya de que el tiempo no es eterno, pues solo Dios lo es, sino de que el fin de los tiempos va con el Juicio. O mejor dicho, que el tiempo termina donde el Sí o el No de nuestra existencia se decide ante los crucificados de la tierra. Quien se encuentra sometido a su mirada —quien sabe que no puede dejar de responder a su llamada— ya no tiene otro futuro que el de Dios. El futuro entendido como posibilidad del hombre ya no cuenta para quienes se ponen en manos del Crucificado con el que Dios se identifica. El futuro como tal queda, como quien dice, en manos de Dios. Esto es, el futuro deja de ser un asunto del hombre. O lo que viene a ser lo mismo, la relación con el futuro en modo alguno puede darse a través de una expectativa, una imagen o un saber. El futuro mismo se da imperativamente, como todo lo que nace de Dios: la vida debe prevalecer vida por encima de la muerte, pero no porque necesitemos que sea así —no porque temamos morir—, sino porque se nos ha dado la vida en medio de la muerte. Debe ser así, aun cuando no tengamos ni idea del cómo. Y quizá sea por eso que Pablo dice aquello de esperar sin esperanza. En este sentido, la fe en la resurrección es más un síntoma que un supuesto. Otro asunto es quién puede creer en la resurrección cristiana. Y probablemente no sean esas monjas que necesitan saber si seguirán viviendo después de la muerte… como si no hubiera habido en verdad muerte. Quizá lo que les urge no sea tanto un evangelio como un congelador.

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