rigor mortis
mayo 3, 2012 § Deja un comentario
El más allá no es un asunto del hombre. No porque no le interese saber qué ocurre tras la muerte, si es que ocurre algo —de hecho, es lo que más le interesa—, sino porque, sea lo que sea, no va con él. El hombre es el que va a morir y, por eso mismo, si hay algo inmortal en el hombre, si hay algo que no queda afectado por la muerte, entonces eso ya no es del hombre. La eternidad en modo alguno nos pertenece, aun cuando insensatamente nos atrevamos a fantasear con ella. En nada soluciona la vida de hombre saber que está hecho, pongamos por caso, de un éter imperecedero. Como en nada soluciona la existencia del gusano saber que se transformará en crisálida. Ése puede ser el sueño del gusano —su ilusión, su opio— pero no su esperanza. El gusano que desea ser crisálida lo que desea en el fondo es dejar esta existencia, al fin y al cabo, morir. Sin embargo, quien comprende que el más allá no es su asunto —quien acepta que se trata, como quien dice, de un asunto de Dios y, por tanto, de algo de lo que no podemos tener ni idea— no tiene más remedio que abrazar la vida en lo que vale. Si es que puede. Hay, pues, muerte. La muerte es nuestra certeza, el horizonte insuperable de nuestra existencia, nuestro non plus ultra. A menos, obviamente, que seamos almas que habitan encerradas en cuerpos que, al fin y al cabo, les son extraños. Pero en ese caso es como si el gusano olvidara que si puede suponer que es una crisálida encerrada en un cuerpo de gusano es porque en verdad es un cuerpo de gusano que no puede admitirse como tal.