las tres etapas en la experiencia de la divinidad
mayo 7, 2012 § Deja un comentario
En esto de la experiencia de la divinidad hay, como quien dice, tres fases o, cuanto menos, posibilidades. Primera: el mundo está habitado por presencias invisibles. Todo tiene alma. Todo significa. Todo es señal. Aquí creemos espontáneamente en que nuestra existencia se encuentra amparada, aunque también amenazada, por poderes o espíritus que no controlamos. Aquí da igual que se trate de muertos o de dioses. Lo decisivo es que no estamos solos. Que hay más allá y éste se da como si fuera otro mundo. Y la relación con el otro mundo es de un continuo trasvase: las presencias invisible se hallan, de hecho, muy presentes. Se trata, pues, de negociar con esas presencias. Se trata, en definitiva, de alcanzar un buen trato. Es la etapa del rey león: Mufasa no muere, sino que sigue ahí, en el cielo, cuidando de Simba. Segunda: los poderes se hacen más mundanos. Podemos explicarlos. Nuestra relación con ellos se hace más técnica y menos mágica. Sin embargo, sigue habiendo otro mundo, solo que despersonalizado. El más allá se comprende como la otra dimensión de la existencia a la que es posible acceder si hacemos lo debido, por lo común, si nos desprendemos del lastre que impide nuestra elevación o transformación. Que alcancemos la plenitud de esa otra dimensión depende de que sepamos de qué va tot plegat. La invisibilidad de la realidad última es, por tanto, visible para quien sabe verlo. Es la etapa o posibilidad oriental. Tercera: el mundo se queda sin presencias invisibles. En tanto que Dios brilla por su ausencia, el creyente permanece en la perplejidad de Job. Él mundo por entero —y no solo un determinado fragmento— queda marcado por la altura de Dios como ese bosque en el que, de repente, se hace el silencio. Algo debe ocurrir. O mejor dicho, cualquier cosa que ocurra después se da en relación con ese silencio. Tanto las luces del bosque como sus opacidades quedan amparadas por un mismo Dios. El rostro de los huérfanos se revela como la huella de la verdadera trascendencia. Ya no se trata de alcanzar una plenitud, sino de responder. La cuestión de la plenitud queda pospuesta sine die. Ésta es la etapa semítica.
Pues bien, aun cuando del lado de quienes contemplan el mundo como una gran manzana, estas tres posibilidades se encuentran en el mismo saco, lo cierto es que no se trata de lo mismo. Sin duda, en los tres casos uno se encuentra expuesto a lo que se algún modo le supera, cuanto menos inicialmente. Pero no puede ser lo mismo ascender a una cima que mantenerse a ras del suelo empujados —algunos dirán que aplastados— por la altura inaccesible de Dios. Ni tampoco las libertades que se desprenden en cada caso pueden ser las mismas. Pues una cosa es la libertad del faquir espiritual y otra la de quien, por haber regresado de la muerte, libera a los locos de atar como solo pueda hacerlo quien actúa en nombre de Dios. Esto es, en su lugar.
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