el salto
mayo 8, 2012 § Deja un comentario
Naturalmente, hay ricos y pobres. Hombres que viven como alimañas, embrutecidos por la miseria. Y hombres que pueden gozar de la existencia como acaso solo pueda hacerlo un dios. Esta diferencia es de hecho tan abismal que parece que estemos ante especies diferentes. Quien tiene hambre difícilmente verá las cosas con los ojos de Oscar Wilde. Por eso no deja de resultar extraña, no ya una compasión ocasional, sino la idea de que el pobre sea el señor de nuestra existencia. Pues una cosa es que podamos compadecernos puntualmente de quienes viven vidas muy duras, y otra muy distinta que la vida de esos hombres y mujeres decida el sí o el no de nuestro estar en el mundo. El mandato cristiano de ponerse en manos del pobre como quien se pone en manos de Dios es tan inhumano como increíble. Sin duda, es humano trabajar para que no haya tanta pobreza en este mundo, pero no parece que lo sea ver al pobre como hermano y, de paso, convertirse en su rehén. Nadie puede acercarse a los pobres sin que le salpique su mal olor, sin que su vida se vea de algún modo degradada por esa misma pobreza que pretende rescatar. Es cierto lo que dice Marc Vilarassau, a saber, que la diferencia entre darlo todo o casi todo es infinita. Ahora bien, lo es en la misma medida en que el salto hacia lo sobrehumano no depende enteramente de nosotros.
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