la aporía en la que permanece el cristianismo actual
mayo 13, 2012 § Deja un comentario
Una buena pregunta es si cabe acceder a Dios —si es posible una experiencia de Dios— de no darse por descontada la idea de que hay Dios. Si la respuesta es que sí, entonces Dios sería algo así como el bosón de Higgs: algo que, por encontrarse en lo más recóndito del mundo, solo es accesible a quienes se someten a una determinada pauta. Pero no parece que Dios, si permanecemos vinculados a la tradición bíblica, pueda comprenderse como un hecho del mundo, ni siquiera en el caso de que se trate de un mundo sobrenatural. Sin embargo, si la respuesta es que no, entonces Dios es, como suele decirse, un producto cultural, una idea que surge en aquellos pueblos que se encuentran sometidos a poderes que no pueden explicar salvo como la manifestación de una divinidad. Ahora bien, si Dios es un modo culturalmente determinado de referirse a poderes que no tienen nada de divinos, entonces lo de menos es el nombre de Dios. La referencia a Dios sería, pues, algo de lo que podríamos prescindir en el momento en que el poder, sea el de la bondad, el de la luz o el de la energía cuántica, pueda comprenderse —y esa posibilidad es siempre una posibilidad cultural— simplemente como poder, sin necesidad de personificarlo. Si la bondad o la luz fueran las fuerzas de las que depende la transformación del hombre, al fin y al cabo, la realización de su posibilidad, entonces la religión puede perfectamente traducirse como un saber en el que la palabra Dios podría entenderse como la cifra de una descripción definida del tipo ‘la puerta de la felicidad’ o ‘la condición de la gran metamorfosis’. Ahora bien, no parece que la experiencia bíblica de Dios pueda comprenderse en estos términos. Si hemos de tener en cuenta los testimonios, Dios no se revela como el contenido de un saber acerca de Dios. De hecho, si alguien se encuentra sometido a la radical trascendencia de Dios —si alguien experimenta su altura— es porque ya no puede confiar en ninguna divinidad o poder, esto es, porque ya no puede esperar nada de sí mismo. La experiencia de Dios va, por tanto, con la de aquella perplejidad que sucede a la quiebra de todo cuanto sostiene la confianza del hombre en su posibilidad, se trate de un dios o una fuerza impersonal. Y, sin duda, esto es propio de quienes ya no tienen vida por delante, los muertos, las víctimas del mundo, los don nadie, aquellos que, por no tener poder que los ampare, pueden ver a sus prójimos como esos que ocupan el lugar de Dios. Así pues, lo que da por descontado la experiencia de Dios, no es tanto a Dios, sino a las imágenes de Dios o, en su defecto, un saber acerca del poder que transforma la existencia del hombre en una vida plena o superior. De ahí que un Isaías contemporáneo, más que dirigir sus diatribas contra esas personificaciones del poder que eran los antiguos dioses, probablemente tuviera que dirigirlas contra los nuevos gurús de la espiritualidad transconfesional que, habiendo sustituido al Dios personal de los antiguos por un poder impersonal, se creen por eso mismo más cerca de la verdadera naturaleza de la divinidad. Cuando lo cierto, es que Dios, en tanto que misterio del mundo, sigue siendo, tanto hoy como antiguamente, Señor de la luz y la tiniebla (Is 45, 7) y, por eso mismo, puede dársenos como aquél cuya voz termina por identificarse con el clamor del oprimido.
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