sobre la vida y la muerte
mayo 14, 2012 § Deja un comentario
La cuestión sobre quién necesita que la verdad sea verdadera —la única que según Nietzsche es pertinente acerca de la verdad— acaso valga con respecto a las verdades usuales, aquéllas que admiten ser comparadas con los hechos, pero no con respecto a la única verdad que constituye el horizonte de la existencia humana, a saber, la verdad de la muerte, la cruda efectividad de un punto y final. Ciertamente, no hay saber —no hay visión— que pueda proporcionarle a la muerte un significado. La seriedad de la muerte consiste precisamente en que no representa nada o, lo que viene a ser lo mismo, que no representa otra cosa que la misma nada. Cualquier intento de proporcionarle un sentido —cualquier intento de instrumentalizarla— la convierte en irrelevante. Pero donde la muerte deja de ser algo definitivo, al menos para el hombre, la vida deja de tener valor. Pues donde no hay en verdad muerte —donde la muerte se comprende como la puerta de entrada a otra dimensión— la vida ya no puede experimentarse como excepción. Puede que la semilla del nihilismo, como bien intuyera el mismo Nietzsche, se encuentre en esas cosmovisiones que sin ningún tipo de rubor se atreven a pronosticar la inmortalidad como solución al problema del sufrimiento. Y es que es muy difícil que lleguemos a apreciar la vida en lo que vale allí donde se proclama que la verdadera vida se encuentra más allá de la vida que nos ha sido dada. De ahí que bíblicamente la cuestión acerca de qué hay más allá no pueda concretarse como visión —o al menos como visión creíble—. Como todo cuanto queda en manos de Dios, el más allá no puede revelarse en el modo del indicativo, sino solo en el del imperativo, lo cual significa que el hombre no puede trascender su finitud desde sí mismo y resolver como saber el hecho de encontrarse sometido al mandato incuestionable de vivir por encima de la muerte. Aun cuando su instinto, en las circunstancias más duras, le exija morir.
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