sub specie

mayo 16, 2012 § Deja un comentario

La cuestión es desde qué distancia —desde qué óptica— hemos de ver las cosas para darnos cuenta de lo que son más allá de los nos pueda parecer. Y diría que metafísicamente hay dos posibilidades, ambas relacionadas con la duración. O bien las contemplamos desde el punto de vista de la eternidad. O bien desde el de un final de los tiempos. En el primer caso, todo da igual. Desde la perspectiva de un billón de billones de años, como quien dice, no hay humanidad. Concentrados en un punto infinitesimal, todos los acontecimientos de la historia quedan reducidos a nada. Un genocidio equivale a un día de sol. El punto de vista de la eternidad conduce, pues, al nihilismo. Y, así, una vida consciente de lo que son las cosas en última instancia tiene que oscilar entre la melancolía y el carpe diem. En el segundo caso, las cosas son distintas. Aún cuando de hecho el cosmos sea eterno —aun cuando los cálculos así lo certifiquen—, en verdad posee un final, un límite, aquél que le impone, precisamente, una consubstancial falta de respuesta, ese silencio que, al cubrir las cosas por entero, tanto las arroja a la nulidad como las preserva de ella. Sin embargo, solo porque ese silencio es lo último, la vida que nos ha tocado en suerte queda transfigurada como oportunidad, esto es, como vida que nos ha sido concedida dentro de un término. Y desde esta óptica la vida no equivale a la muerte, aun cuando siga siendo innegable que hay vida porque la muerte se impone como el non plus ultra de la existencia.

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