a través de la ventana
mayo 17, 2012 § Deja un comentario
Podemos permanecer ante lo que es simplemente asombrándonos de que sea algo que se encuentre ahí, frente a nosotros. Pero en el momento en que, dejándonos llevar por el asombro, comenzamos a preguntarnos por qué hay algo ahí en vez de nada —en el momento en que nos preguntamos en qué consiste su consistencia—, entonces su carácter otro —su alteridad, su ser propiamente dicho— se enajena de su manifestación sensible, de su modo de darse a nuestra sensibilidad. Y, así, llegamos a decir que si podemos captar las cosas que tenemos ante nuestros ojos, precisamente, como eso que se encuentra ahí ante nuestros ojos es porque su carácter otro —el eso del eso es así o asá— no es objeto de nuestra sensibilidad. Ahora bien, el resultado de esta reflexión sobre lo real —el resultado de la filosofía— es la abstracción de lo real, su desplazamiento al territorio de la trascendencia y, por consiguiente, la revelación del mundo como apariencia. De ahí que, la presencia de la alteridad como tal —y, por consiguiente, la posibilidad de la comunión— solo pueda darse para quien, en medio de su asombro, mantiene una debida distancia con la cosa que se encuentra ahí, distancia que la preserva tanto de nuestro deseo o desprecio —al fin y al cabo, de nuestro interés depredador— como del desgüace que le impone la reflexión. Si las cosas alcanzan el aura de lo sagrado, es decir, de lo intocable no es porque representen un más allá, sino porque en sí mismas son ya el más allá. Y todo porque más allá de las cosas no hay nada más que silencio.
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