de la muerte, una vez más

mayo 19, 2012 § Deja un comentario

Como cuerpos conscientes que somos, una cosa son los hechos y otra lo que ocurre en realidad. Los hechos no dejan de darse según la medida de nuestra receptividad. O, por decirlo con otras palabras, un hecho es lo que se corresponde con una representación mental verdadera. La realidad en cambio es aquello que siempre se encuentra, como quien dice, más allá de nuestra representación de la realidad como la condición misma de que podamos experimentar, precisamente, las cosas como tales. La realidad es lo inalcanzable de lo que de algún modo se encuentra ante nuestros ojos. De ahí que siempre podamos preguntarnos qué es eso que nos traemos entre manos. La realidad es en cualquier caso el asunto pendiente de nuestra experiencia de las cosas que pasan. Y es que si una rosa es una rosa es porque el carácter otro de esa rosa no puede mostrarse como característica. Si una rosa es una rosa es porque, al fin y al cabo, una rosa no es una rosa. La diferencia entre hecho y realidad se percibe claramente a propósito del morir. La muerte, de hecho, es una parálisis, un término, un cesar. Pero, en tanto que nos enfrentamos a ella, en realidad la muerte es lo inalcanzable de la existencia, en última instancia, un límite moral. Pues aun cuando de hecho pudiéramos rebasarlo, no deberíamos. Y es que un hombre no puede alcanzar la inmortalidad sin dejar atrás, precisamente, su humanidad, la cual consiste en un encontrarse expuesto al más allá de todo cuanto es, en definitiva, un enfrentarse a la nada que sostiene la existencia. Sin muerte, el hombre queda reducido a una cosa entre otras, integrado en una totalidad sin final. Más aún: la muerte es en verdad un asunto cósmico. Y es que un cosmos que no se encuentre abrazado por un silencio de muerte es un mundo en donde el hombre no tiene nada que hacer, un mundo que no es más que esa circunstancia que obliga al hombre a reaccionar, pero en modo alguno a responder. Con todo, sigue siendo cierto que el hombre es, de hecho, la posibilidad de perder su alma. Fausto fue, ciertamente, uno de los nuestros.

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