la ‘bona gent’

mayo 21, 2012 § Deja un comentario

Muchos cristianos aún van diciendo por ahí que lo importante es hacer el bien, ser en definitiva buena persona. Como si lo de menos fuera la creencia. Como si ésta fuera algo que se añade a las buenas obras a la manera de un gabán. Y, ciertamente, si hemos de hacer caso de Mt 25, lo decisivo es dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Ahora bien, ¿quiénes pueden menospreciar la confesión creyente? ¿Quiénes pueden decir que la necesidad de dar fe no va con ellos? Somos nosotros, los satisfechos, los que aún podemos creer en nuestra posibilidad. No las víctimas. No los salvados. No el leproso que, a pesar de la prohibición expresa de Jesús de Nazareth, no puede evitar proclamar a los cuatro vientos su curación (Mc 1, 40-45). Ellos están obligados, como quien dice, al reconocimiento. No me imagino al leproso del evangelio diciendo solo que lo importante es ser buena persona. O a esos locos de atar, que son liberados con bíblica obsesión por el volado de Grégoire Ahongbonon, que tampoco importa tanto lo que uno pueda decir acerca de Grégoire. Pues esos locos, los cuales se arrastraban por la vida habiendo abandonado toda esperanza como si el mundo fuera ya el infierno, no pueden menos que reconocer a Grégoire como aquél que los sacó de la muerte y, por eso mismo, como señor de su existencia. El loco que no crea que ha contraído una deuda infinita con Grégoire —el loco que no se encuentre obligado a responderle, aquél que no se sienta empujado a reconocerle como Dios— sigue en verdad atado a su árbol, aun cuando de hecho pueda ir por ahí. Los evangelios no serían una buena noticia para los pobres, si se hubieran limitado a decir que lo importante es ser buena persona. Y es que en esto de la fe hay dos lados. Uno anuncia y el otro prescribe. Quienes se quedan solo con la prescripción —quienes no ven otra cosa que lo que deben hacer para merecer la bendición de Dios— es que no han experimentado la salvación. Siguen creyendo, como los antiguos fariseos, que solo la Ley salva. Y, ciertamente, del lado de Dios, solo se salva quien cumple con su voluntad, aquellos que obedecen al clamor de los miserables. Pero, de nuestro lado, no podemos hacer otra cosa que admitir que, si podemos responder a la llamada de Dios, no es porque sepamos que solo respondiendo a su llamada seremos salvados, sino porque previamente hemos experimentado la salvación de Dios. Porque la redención fue por delante somos capaces de responder. Sin duda, Mt 25 va a misa. Pero quienes recurren a este fragmento evangélico para decir que lo importante es hacer el bien olvidan que eso solo puede decirlo Dios. Que si somos capaces de hacer el bien, no es porque sepamos que lo importante es hacer el bien, sino porque antes hemos recibido el bien. Olvidan, al fin y al cabo, que los mortales solo podemos aceptar la salvación y obrar en consecuencia. O mejor dicho: que solo aceptando la salvación podremos obrar en consecuencia. Aunque para eso haya que estar cubierto de lepra o atado a los árboles como el loco de Grégoire.

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