amor al enemigo
mayo 22, 2012 § Deja un comentario
Creo que no es causal que quienes se llenan la boca con esto del amor al enemigo —quienes incluso lo cantan como si fuera lo más bonito del mundo— sean críos o célibes. Esto es, nadie con hijos. Pues el enemigo no es simplemente el pobre, sino aquél que te amenaza con matar a tus hijos o, lo que es peor, aquél que ha llevado a cabo su amenaza. Un enemigo es, sencillamente, la encarnación del Mal. De ahí, que solo quien tiene hijos sepa medir el alcance del nuevo mandamiento, su carácter sobrehumano. Pues para el hombre y la mujer de buena voluntad, la gran cuestión es qué hacer donde el enemigo se muestra invencible, es decir, donde ya no cabe la negociación. Si se trata, en definitiva, de poner la otra mejilla —y esto significa aceptar que los hijos mueran a manos del enemigo—; o, por el contrario, de morir con las botas puestas, esto es, ofreciendo una feroz resistencia. De ahí que quienes tienen hijos puedan comprender perfectamente que esto de amar al enemigo no pueda hacerlo el hombre desde sí mismo. Que no se trata, al fin y al cabo, de un desideratum moral, sino de algo que solo pueden hacer quienes se encuentran sometidos por entero a Dios, es decir, aquellos que se hallan en la situación de los tiempos finales, aquellos que, quizá por eso mismo, comienzan a ver visiones que ningún hombre en su sano juicio podrá admitir como verdad. Y, así, no debería extrañarnos que, en manos de esos célibes que lo defienden con entusiasmo infantil, el cristianismo haya terminado reducido a la irrelevancia de un manual de autoayuda. Como si, en el fondo, la proclamación del kerygma consistiera en la promoción de los buenos sentimientos.
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