the help

mayo 22, 2012 § Deja un comentario

Ayer vimos criadas y señoras (the help), una película sobre las relaciones entre las señoras blancas y sus criadas negras en el estado sureño de Mississippi durante los años 60. Se trata de la típica película de buen rollo, políticamente correcta, donde desde la primera escena ya sabemos quiénes son los buenos y quiénes, los malos. Ciertamente, esta nitidez propia de los cuentos infantiles facilita nuestra conexión emocional con los protagonistas. Pero es igualmente cierto que ello se consigue al precio de enmascarar la realidad. Para comprender qué es lo que hay detrás del racismo de las pijas blancas hay que ponerse en situación. Supongamos, por ejemplo, que las pobres y buenísimas criadas negras son nuestras gitanas rumanesas. Supongamos que algunas llevan consigo un bacilo autóctono para el que no tenemos defensas. Es muy posible que intentáramos evitar el contagio a toda costa, sobre todo el de nuestros hijos. Y, así, llegaríamos tarde o temprano al apartheid: los blancos orinan en sus lavabos y los rumanos en los suyos. Las gitanas rumanesas tienen además otras costumbres, algunas de las cuales hieren nuestra sensibilidad moral. Es muy posible que procurásemos mantener una distancia de seguridad. Todo esto es al fin y al cabo muy natural. Lo natural es alejarse del leproso, de todo aquel que pueda poner en jaque nuestra integridad. No vale transformar al otro —al negro, al gitano, al leproso…— en uno de los nuestros, para luego proclamar en voz alta que no somos racistas. El racismo, la exclusión del extranjero, va con los genes, como quien dice. De hecho, es la exclusión del indeseable lo que hace posible un hogar. No hay ciudad que no esté amurallada. Ahora bien, cuando damos por hecho que el pobre negro es buenísimo y que somos nosotros quienes tenemos un corazón de piedra, difícilmente caeremos en la cuenta de lo que supone la fraternidad cristiana, esto es, difícilmente comprenderemos su radical e inadmisible novedad. Pues nadie puede abrazar al leproso como si fuera eso lo que debemos naturalmente hacer. De hecho, es lo que no podemos —ni debemos— naturalmente hacer. De ahí que, siendo lúcidos, no tengamos más remedio que admitir que, si prescindimos de Dios —del hecho de encontrarnos sometidos a su sobrenatural exigencia—, la fraternidad sea inviable. Y es que una cosa es que el leproso pueda tener nuestros mismos derechos —cosa que es de justicia— y otra que sea nuestro hermano. Una cosa es que sea nuestro igual y otra que sea nuestro señor. Lo primero podemos tolerarlo. Lo segundo, no. Lo primero es creíble. Lo segundo, no. Pero es posible que solo bajo el amparo de lo increíble pueda el hombre vivir más allá de sí mismo. Al fin y al cabo, si el negro ha llegado a ser naturalmente un igual es porque hace ya unos cuantos miles de años algunos se atrevieron a decir algo tan increíble como que Dios se hizo negro por nosotros.

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