el crepúsculo de los ídolos
mayo 23, 2012 § Deja un comentario
Es posible que en cada posicionamiento ante Dios se encuentre agazapado un resentimiento de lo más elemental. Así, como sostenía Nietzsche, si uno defiende al Dios judío y, por extensión, la igualdad entre los hombres es porque probablemente no pueda soportar la idea de que haya hombres superiores, sin tara (o cuanto menos que estén por encima de su tara). Ahora bien, algo parecido podríamos decir de quienes insisten en negar la existencia de Dios. Y aquí podemos igualmente recurrir a Nietzsche. Pues fue él quien dijo aquello de que Dios no puede existir, pues si existiera, no podría soportar no ser Dios. Y es que, desde el lado del hombre, caben cuanto menos dos posiciones básicas con respecto a Dios: o bien nos sentimos a gusto en manos de un Dios que todo lo iguala por lo bajo; o bien estamos tan centrados en el propio yo que la idea misma de una dependencia nos resulta intolerable. Por suerte —o, quizá deberíamos decir, por desgracia— la relación del hombre con Dios no se decide del lado del hombre, sino del de un Dios que, en el momento crucial, da la callada por respuesta.
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