transfiguraciones
mayo 23, 2012 § Deja un comentario
A veces pienso que hay dos posiciones básicas con respecto a nuestro estar en el mundo. La primera sería la propia del consumidor. Desde ella todo se encuentra a nuestra disposición como objeto más o menos deseable. La segunda sería la propia de quienes sufren una experiencia chamánica, como quien dice, una de esas que te conectan con otro mundo. Tras el viaje es muy difícil seguir creyendo que el mundo que tenemos a mano es un mundo real. Así pues, o bien la realidad es lo que podemos coger; o bien la realidad es lo que siempre se encuentra del otro lado y, por lo tanto, algo que aún está por ver. Y, sin duda, parece que hay más realidad en el segundo caso que en el primero. En el mundo del consumidor, la vida es una apariencia. Esto es, los cuerpos están vivos solo mientras se nos muestran como deseables y, por tanto, solo mientras se encuentran tras el escaparate. Inevitablemente, el consumidor toma su ilusión como verdad. En el segundo caso, la vida que nos ha tocado en suerte se encuentra, en cambio, suspendida, pendiente de resolución, a la espera de lo que aún debe acontecer, pues lo decisivo de la existencia no nace de nuestro interés por las cosas que nos rodean. Sin embargo, por eso mismo, esas mismas cosas quedan, en su fragilidad, transfiguradas por ese otro mundo por venir. Son espectros, índices, síntomas de una inviable alteridad. Como si al fin y al cabo, este mundo no fuera nuestra patria. Tan solo hace falta que el otro mundo se quede sin imágenes —tan solo hace falta que ese más allá guarde silencio— para que de repente nos encontremos expuestos a la experiencia judía de Dios. Y de ahí a la idea de que el verdadero espíritu es un hueso hay un paso.
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