malas compañías

mayo 25, 2012 § Deja un comentario

Desde hace ya un tiempo, algunos están convencidos que para hacer creyentes antes hay que hacer hombres y mujeres capaces de Dios. Esto es: que primero hay que trabajar la interioridad, si lo que se pretende es facilitar el acceso a Dios. O, por decirlo con otras palabras, que primero hay que hacer un hueco para que luego ese hueco pueda llenarse con las cosas de Dios. Sin embargo, es muy posible que se equivoquen, por la sencilla razón de que, en la tradición cristiana, Dios siempre ha cogido a sus elegidos por el pescuezo. Más aún, bíblicamente los capaces de Dios no son quienes por la vía de la purificación se han hecho a sí mismos capaces de Dios, sino aquellos que han sido vaciados por el mundo de toda dignidad, incluso la espiritual: los pobres, los desgraciados, los sin Dios. Si Dios es interrupción —que lo es— el único modo de acceder a Dios o, mejor dicho, de ser interrumpido por Él es por medio del relato de aquellas vidas marcadas por Dios. Siempre fue así y las cosas no tienen por qué ser hoy distintas. De hecho, el mismo Jesús, cuando tenía que hablar de Dios o de su Reino, lo hacía por medio de parábolas. Las parábolas —o, en su defecto, las vidas de los santos y, en última instancia, la vida y muerte de Jesús de Nazareth— son la única clave hermenéutica para comprender el hablar humano de Dios como un hablar de Dios. Un acceso metodológico a Dios olvida aquello tan cristiano de que no hay otro acceso a Dios que el que pasa por encajar la pro-vocación de un Crucificado. La vía de la interioridad, entendida a la manera oriental, puede que conduzca a Dios, pero no al Dios cristiano. Pues quien escucha la voz del Dios del Sinaí —la voz de un Dios que cuelga de una Cruz— escucha el clamor de las víctimas con las que ese Dios se identifica. La interioridad cristiana es, ciertamente, un hueco, pero un hueco provocado por esas voces que claman al cielo más allá de los límites de la celda monástica. La interioridad cristiana es siempre el efecto de interiorizar esas voces humanamente insoportables. El resto es narcisismo. No es casual que quienes defienden esto de la pedagogía de la interioridad no sepan contar historias de tan ebrios que van por haberse bebido el mar. Pero su fiesta no tenemos por qué pagarla los demás. Esa pedagogía hará buenas personas, en el mejor de los casos, pero no creyentes. Hay que ser muy ingenuo para dar por hecho que el siguiente paso de la posición del loto es un cuerpo arrodillado.

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