aborto

mayo 26, 2012 § Deja un comentario

La noticia saltó hará un par de días. Un médico ha sido condenado a costear la manutención del niño que nació meses después de que le practicara a la madre un falso aborto. Aquí la pregunta es cómo se sentirá ese niño cuando crezca y sepa que su madre hizo todo lo posible para que no naciera. Y es que no es lo mismo saberse hijo de la voluntad de los padres que de su error. Más aún: supongamos que el médico sabía perfectamente lo que hacía. ¿Quién es el padre en verdad? ¿Quien quiso que naciera ese niño? ¿Acaso al crecer no iríamos en busca de quien hizo posible que siguiéramos con vida? Vivir no es lo mismo que morir. La vida siempre se nos da bajo la forma de un imperativo. Vivir es un debes vivir por encima de la muerte. La polémica sobre el aborto no tiene solución si se plantea en los términos habituales, a saber, como si lo único que tuviéramos que determinar es cuándo el feto puede ser considerado humano. Pues aquí ocurre como con un montón de arena: que no cabe precisar en qué momento unos cuantos granos de arena comienzan a ser un montón de arena. Quien dice que el aborto no es un crimen es porque toma su sensibilidad como la medida de lo que es. Pero no hay que ser un Platón para comprender que la sensibilidad no da la medida de lo real. Y es que lo que una mujer gestante tiene en su vientre no es ciertamente un interlocutor, sino una vida con destino humano. Suficiente como para tomarla en serio. Para quien solo tiene en cuenta su sensibilidad matar es en cualquier caso matar a lo que se nos muestra como nuestro semejante. De ahí que sensiblemente cueste más sacrificar a nuestro perro que abrirnos de piernas para que el ginecolo proceda como quien se corta las uñas. Pero ya sabemos que si Paul Tibbets a bordo del Enola Gay pudo lanzar la bomba sobre Hiroshima fue porque desde el aire no veía más que puntitos.

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