transconfessional: comentarios a la teología de Javier Melloni (6)
mayo 26, 2012 § Deja un comentario
Una de las metáforas más empleadas por Javier Melloni a la hora de dar cuenta del fenómeno de la religión es la que comprende las religiones como diferentes visiones de un mismo paisaje. La metáfora es, sin duda, poderosa. Y como suele ocurrir en estos casos, el carácter omniabarcador de la imagen funciona como prueba de su verdad. Ahora bien, la metáfora es válida solo en el caso de que Dios sea algo así como un paisaje. Y puede que lo sea en el caso de un Dios que se confunde con el mar, pero no en el de un Dios que se encuentra más allá de todo cuanto es como el interrogante que mantiene, de hecho, todo cuanto es en suspenso, a la espera de una última palabra. Para quien se encuentra sometido a ese Dios, la totalidad no se basta a sí misma. O, por decirlo de otro modo, el todo se le impone, por lo común por la vía de un sufrimiento indecible, como no-todo. Y es que el Dios bíblico no es propiamente algo que pueda ser visto o darse de un modo u otro. Esto es, no posee la naturaleza del ente, sino la del no-ente. Y, precisamente, porque la última cosa no es en modo alguno una cosa, aunque se entienda como luz, sino un gran silencio, el mundo, mejor dicho, el clamor del mundo se revela como aquello decisivo de la existencia humana, como la voz que reclama del hombre su entrega incondicional, a la espera, como decíamos, de una última sentencia. El Dios del monoteísmo no es, por tanto, ese elefante palpado por ciegos que, por eso mismo, solo pueden hacerse una idea parcial del mismo. Más bien el que corresponde a aquellos que, de tan lejos que están de ese elefante, ya no tienen nada divino que palpar. Tan solo oídos para escuchar. De hecho, el enviado ya nos dijo con feroz insistencia aquello de que quien tenga oídos, que oiga. Y los toqueteos mejor dejarlos para las noches del sábado. O, lo que es peor, para las dinámicas del autoconocimiento.
Deja un comentario