el trascenderse de Dios
junio 2, 2012 § Deja un comentario
Para el cristianismo, Dios solo puede darse como Dios encarnado. Cristianamente hablando, un Dios que permanezca más allá del Crucificado no puede valer como Dios, sino en todo caso como su abstracción, su imagen, su falsificación. Sin embargo, erramos el tiro cuando entendemos esta convicción a la manera platónica, esto es, como si en Jesús de Nazareth se manifestara la realidad de Dios como la belleza pueda hacerlo en Megan Fox. Así pues, que Dios se dé por entero en Jesús de Nazareth sin que eso suponga que Jesús es un dios paseándose por la tierra, solo puede significar una cosa, a saber, que, en la historia de Jesús de Nazareth, Dios se trasciende a sí mismo, es decir, va más allá de sí mismo. Ahora bien, cristianamente entendemos que un Dios que va más allá de sí mismo es un Dios que, al fin y al cabo, renuncia a su divinidad, un Dios que se pone por entero en manos de los hombres… para que los hombres puedan vivir como Dios, esto es, más allá de la muerte aquí y ahora. El dogma de la Trinidad no pretende otra cosa que dar cuenta, aunque con un lenguaje impropio, de Dios como la historia de Dios. Un Dios que sea como el mar —un Dios que se comprenda como la substancia del mundo— difícilmente puede ser un Dios que ame a los hombres. No hay mar que pueda sacrificarse por quienes permanecen en la orilla. En todo caso puede engullirlos, pero no abrazarlos. Un Dios oceánico sería como aquella madre que, para evitar la muerte de su hijo, en vez de darle su corazón —de transpantárselo—, le propusiera mantenerlo en coma de por vida. Que siga habiendo quienes sostengan que el cristianismo es una religión entre otras, probablemente aún no hayan comprendido la diferencia que hay entre un Dios que permanece ahí, a la espera del hombre, y un Dios que va, como quien dice, en su busca.
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