transconfessional: comentarios a la teología de Javier Melloni (8)

junio 9, 2012 § Deja un comentario

Para Javier Melloni la redención no deja de ser una purificación a la antigua usanza, el efecto de una elevación, de una ascesis. En el fondo, el redimido es aquél que ha logrado desprenderse de todo cuanto estaba en él y no le pertenecía, esto es, del lastre del egoísmo, las bajas pasiones, la suciedad. Para quien cree que el cuerpo es la cárcel del alma, no puede haber otra redención que la que pasa por liberarse de las ataduras de la carne, de su limitación. Se trataría de llegar a ser lo que uno ya es de buen comienzo, por decirlo según el adagio de Píndaro, aunque eso que uno ya es de buen comienzo se encuentre encubierto de la costra del cuerpo y, por eso mismo, tenga que ser rescatado. Porque el espíritu anhela regresar a su patria, la redención es entendida aquí como una elevación hacia el modo de ser originario que no es otro que el propio de la divinidad. Da igual si el modo de ser de la divinidad se entiende como el poder de la energía cósmica o como el poder de la bondad. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de ser divino, de vivir como Dios. Otra cosa dice el cristianismo. O eso parece. Pues aquí la fuerza del espíritu no te dirige hacia lo alto, sino que te hunde en la miseria del otro. El anodadamiento de Dios, su encarnación, exige el anonadamiento del hombre. Dios, en verdad, desciende. Si Dios se pone en manos del pobre hasta morir en una Cruz, el hombre, desde el espíritu de Dios, no puede hacer otra cosa que ponerse en las manos, siempre sucias, del pobre. Cristianamente, el espíritu es de Dios, no del hombre. O mejor dicho, si llega a ser del hombre, no es porque el espíritu de Dios habite de antemano en las profundidades del alma, sino porque Dios desciende hasta ahogarse en las oscuridades del corazón humano, esto es, hasta hacerse pecado. Proclamar la Encarnación supone, por consiguiente, proclamar la Cruz como el lugar en donde Dios se enajena de sí mismo por aquellos que no merecen ninguna piedad. A menudo, olvidamos que el espíritu de Dios es cristianamente el espíritu de un Crucificado. Que no hay, en definitiva, otro espíritu al margen de la Cruz. Pero lo cierto es que en la Encarnación Dios se hace no-Dios para que el hombre pueda responder honestamente a su llamada. Pues si el hombre es capaz de responder a la llamada de Dios no es porque sea de por sí capaz, aunque esa capacidad se encuentre en lo más recóndito del hombre, sino porque Dios renunció a su divinidad para que la voz del pobre pueda ser tan imperativa como la voz misma de Dios. De ahí que cristianamente, solo los pobres de espíritu, esto es, los que por no tener, no tienen ni alma —los desgraciados, los müsselman, los sin-Dios— puedan responder al mandato de Dios como solo Dios puede hacerlo: desde la miseria de hombre. No se trata, por tanto, de hacerse bueno para ser capaz de Dios, sino de responder al mandato. Y el ser, de darse, se dará por añadidura, probablemente en el final de los tiempos. Da, pues, la impresión que una cosa es la redención a la Melloni y otra la de la carne.

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