torrente Gornal

junio 16, 2012 § Deja un comentario

Fernando Cardenal, jesuita en los años de la revolución sandinista, fue empujado a ponerse del lado de la guerrilla cuando veía como los paramilitares de Somoza liquidaban uno por uno a los jóvenes de su comunidad que iban a alfabetizar a los hombres y muejeres de los barrios pobres. Fernando Cardenal no podía seguir en su celda monástica como si nada ocurriera ahí afuera. Tenía que ir a ocupar el lugar de los caídos. Unos jóvenes indios de clase acomodada decidieron en su momento montar unos talleres de instrucción básica para que los niños que vivían en los vertederos de Calcuta pudieran aprender un oficio que les permitiera salir de ese infierno al que estaban condenados de por vida. Las mafias que negocian con la pobreza de esos niños comenzaron a asesinar a esos jóvenes. Uno a uno. Los amigos de los muertos que no estaban implicados en la iniciativa se preguntaron qué debían hacer. Algunos decidieron ocupar su lugar. Siguen cayendo. Pedro, Juan, Santiago and Co. vieron como aquél que prometía una nueva vida para los pobres colgaba de un madero como un perro desollado. Salieron por patas de ahí. Al cabo de unos días, sin embargo, comprendieron dos cosas: que ese crucificado había entregado su vida para que los pobres vivieran; que ellos debían ocupar su lugar… del mismo modo que el crucificado había ocupado el lugar de Dios. Pues eso es, en definitiva, el cristianismo: muertos que se levantan una y otra vez en cuerpos de otros para que los desgraciados de este mundo vivan más allá de la muerte. Tenía razón Tertuliano cuando decía que la sangre de los mártires es la semilla de la fe. El cristianismo amanerado de nuestros días —aquel que confunde las cosquillas del alma con la genuina experiencia de Dios— difícilmente producirá otra cosa que creyentes encantados de haberse conocido.

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