más Grégoire, de una charla con Jandro
junio 19, 2012 § Deja un comentario
Aquellos locos de atar que, con todo, son desatados por Grégoire Ahongbonon ya saben en qué consiste la salvación. Si nosotros aún nos preguntamos por ella es porque de hecho no estamos lo suficientemente atados a los árboles como para saber lo que vale un peine. Para nosotros, los satisfechos, la ‘salvación’ tiene que ver con el sentido de la existencia, con los ideales que la orientan, es decir, con la realización de una determinada idea de la vida buena o feliz. Todo aún demasiado nuestro como para depender de alguien que descienda de lo alto. Pero para los desatados, el sentido de la vida, su hacia dónde, no puede ser otro que el cuerpo mismo de Grégoire. Nada que ver, pues, con una idea —un ídolo, un ideal—. Y es que la vida de los desatados no puede responder a nada más que al gesto redentor de Grégoire. Cristianamente, no hay otro sentido que el que encarna el Señor de tu existencia, aquél al que le debes, precisamente, la vida. Ahora bien, no solo para los desatados, sino para Grégoire mismo, no hay otro hacia dónde que el que ofrecen los cuerpos de esos dejados de la mano de Dios. Pues si le preguntáramos a Grégoire cómo se siente en su papel de salvador, lo más probable es que nos dijera que él no salva, sino que, por contra, él es el salvado por aquellos a quienes libera. Para los desatados, Grégoire es, sin duda, el enviado de Dios. Pero para Grégoire, la mirada de los locos es la mirada misma de Dios. ¿Quién salva, entonces, a quién? ¿Dónde está Dios y dónde, el hombre? Será cierto que Dios es algo que ocurre entre los hombres, la deuda de sangre que vincula eternamente a quienes ya no gozan del amparo de Dios.
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