la roja
junio 25, 2012 § Deja un comentario
Si hemos de ser honestos, deberíamos admitir que tan solo unos pocos tienen, lo que se dice, una experiencia de Dios, pues lo normal es existir de espaldas a Dios. Que si podemos creer es porque nos adherimos a su experiencia como parásitos que necesitan chupar la sangre de otro para seguir con vida. Si creer es, en parte, un conocimiento de Dios, los cristianos de a pie solo pueden conocer a Dios a través de las vidas marcadas por la altura de Dios, por su extrema trascendencia. Un cristiano de a pie debería comenzar confesando que no hay otra vida que la de quienes regresan con vida de la muerte, esto es, que no hay vida más allá de la de quienes abrazan, reaniman a los muertos. Y que esa vida no es, precisamente, la suya. No cabe, por tanto, conocer a Dios en cierta medida. No cabe decir con respecto a Dios que hay, por ejemplo, grados de experiencia. En todo caso hay una historia que contar, por lo común una historia de resistencia, de acoso y derribo, pero no sensaciones que se den en mayor o menor medida. Si se admite esto de los grados, entonces Dios no deja de ser una cosa entre otras, por muy sublime que sea. Pero Dios no es una cosa —ni siquiera una cosa-energética—, sino una voz, un reclamo, el mandato que nace, en cualquier caso, del estómago de los sin Dios. Así pues, o escuchas su voz o no la escuchas. Pues escucharla a medias es no escucharla. Y quien la escucha no puede dejar de responder, en tanto que escuchar el clamor del pobre y no responder es ya responder. Para un creyente no podemos escapar de Dios. En esto consiste su fidelidad. Dios se encuentra en todas partes como solo pueda hacerlo un mundo transfigurado por su falta.
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