cristianismovudú
junio 30, 2012 § Deja un comentario
En el hinduismo o el jainismo son comunes las imágenes de la divinidad. Sin embargo, muchos de sus seguidores sostienen que, a diferencia del animismo o el vudú, ellos no adoran esas imágenes en sí mismas, sino el espíritu que representan. De este modo, el hinduismo o el jainismo se liberan del sello de la superstición. Hasta aquí nada que pueda sorprendernos. Ahora bien, es posible que el espíritu del cristianismo esté más cerca del animismo o el vudú que del hinduismo y sus variantes, pues el Crucificado no es propiamente un representante —un avatar— de Dios, sino Dios mismo colgado de una madero. Aquí, como en el caso del animismo o el vudú, la cosa absorbe enteramente la alteridad radical de la divinidad. Dios por entero se expone en la cosa, esto es, es transferido al cuerpo que se hizo maldición por nosotros. El Crucificado no es, por tanto, un índice de Dios, sino Dios enteramente ahí. Sin embargo, tampoco hemos de entender esta transferencia como si Dios hubiera adoptado simplemente el aspecto del hombre. La Encarnación dice algo muy simple, a la vez que imposible de admitir, a saber, que Dios se pone en manos de los hombres. O, por decirlo con otras palabras, el destino de Dios se juega en la respuesta de los hombres a la entrega de Dios. Estamos —es obvio— ante una visión de Dios muy diferente de la que ofrecen las religiones al uso. Otra cosa es que el cristianismo haya sobrevivido históricamente al precio de convertirse en una religión entre otras, haciendo del Crucificado el representante de Dios y, por tanto, separando de facto lo que Dios había unido de buen comienzo. Ahora bien, lo cierto es que el cristianismo no hubiera escandalizado a nadie, si hubiera proclamado simplemente que Jesús de Nazareth fue la encarnación, en el sentido platónico u oriental del término, de la bondad de Dios. El escándalo llega cuando se afirma que no hay otro Dios que el Crucificado: que Dios no sobre-vive a la Cruz; que no hay otro más allá de Dios que el de la Cruz. De ahí que el cristianismo entienda con hiriente claridad que, en la respuesta del hombre a la entrega de Dios, se juega igualmente el sí o el no de cada uno de nosotros. Como si al fin y al cabo, el destino de Dios fuera indiscernible del destino de los hombres. Sigue siendo cierto, pues, que en lo relativo a Dios todo pende de un hilo.