los póstumos

julio 1, 2012 § Deja un comentario

Dice Nietzsche: la compasión, la caritas, al permitir a los deprimidos y a los débiles seguir viviendo y tener descendencia, obstaculiza las leyes naturales de la evolución: acelera la decadencia, destruye la especie —niega la vida. ¿Por qué las otras especies se mantienen sanas? Porque niegan la compasión. ¿Es esto, sin embargo, verdad? Es indiscutible que un cierto grado de compasión favorece a la especie y en este sentido es natural. Pero Nietzsche acierta cuando comprende la compasión cristiana como un exceso que la vida en modo alguno puede admitir. En nombre mismo de la vida, el débil —el leproso, el enfermo de sida, el deficiente— no deben seguir con vida. ¿Cómo pudo, entonces, una moral exigir la compasión infinita hacia los hombres y mujeres deshechables? ¿En nombre de qué principio? ¿Qué puede haber por encima de la vida que exija nuestra entrega a quienes son vomitados por ella sin piedad? ¿Qué divinidad puede reconocerse en el que sufre la peor de las degracias y seguir siendo divina? Hay que leer a Nietzsche —hay que admitir la obviedad de su pensamiento— si queremos comprender que un dios que simplemente coincida con las fuerzas de la vida no tiene el suficiente poder como para obligarnos a la caridad; si queremos, al fin y al cabo, entender que solo cabe librarnos de la naturaleza estando sometidos al inviable mandato de un Dios que se encuentra más allá de cualquier mundo como la realidad misma del no-ser.

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