els pobrets
julio 10, 2012 § Deja un comentario
Ayer me tope con una chica que pedía limosna. En principio, nada nuevo, si no fuera porque parecía «una de las nuestras». No vestía a la última, pero no iba desaliñada. Estaba dignamente sentada en una esquina con el cartel de «no tengo qué comer». Lo curioso del caso es que no me sentí inclinado a darle unos euros. Mi impulso —al que, como suele ser habitual, no cedí— fue el de acercarme y preguntarle qué podía hacer por ella. Como si fuera una vieja conocida, alguien familiar. La limosna no era suficiente. Ella era demasiado prójima como para que pudiera seguir mi camino en paz. Será cierto, así, que el típico pobre es propiamente el objeto de nuestra caridad y no ese hermano que exige de nosotros una entrega sin restricciones. Y será cierto también que, del lado de nuestra satisfacción, es muy difícil ver a un cualquiera como ahora un prójimo. Del lado de nuestra satisfacción, un prójimo tiene, cuanto menos, que parecerlo. Nuestra sensibilidad es así de estrecha. De ahí que tengamos que recordarnos una y otra vez que únicamente un pobre puede ver a un pobre como a un igual. Al menos, para evitar creer que nosotros, los satisfechos, estamos cerca de Dios solo por cerrar los ojos y hablar con Él de nuestras cosas.