niños

julio 11, 2012 § Deja un comentario

No creo que mis sufrimientos y mis culpas sirvan únicamente para fertilizar el suelo que deberá proporcionar en tiempos futuros paz y armonía para otros seres de los que no sé nada. Quiero ver con mis propios ojos a la gacela durmiendo al lado del león y a la víctima abrazando a su verdugo. Quiero estar presente cuando se haga súbitamente comprensible el porqué de que hayan sucedido tantos males. Todas las religiones del orbe han sido edificadas sobre este deseo y yo soy un creyente. Pero existe el problema de los niños. No encuentro respuesta para él. Por enésima vez, repito que hay otros muchos aspectos, pero que escojo este porque es el que más claramente aparece falto de respuesta. Fíjate bien. Si todos hemos de sufrir para pagar el precio de la eterna armonía, ¿qué tienen que ver con ello los niños? Alguien que tuviera afición a las bufonadas podría argumentar que ya pecarán cuando se vayan haciendo mayores. Pero, no; no se había hecho mayor, tenía solamente ocho años y fue despedazado por los perros. ¡No blasfemo Alíoscha! Comprendo el estremecimiento de felicidad que existirá en el universo cuando todo el cielo y la tierra se unan en un himno de alabanza y todo lo que viva y lo que haya vivido exclame: «Eres justo, Señor, porque tus caminos han sido revelados». Cuando la madre abrace a aquel infernal malvado que arrojó los perros contra el niño y ambos, junto con la infeliz víctima, proclamen, derramando lágrimas de gozo: «Eres justo, Señor»; entonces, claro está, se alcanzará la corona del conocimiento y todo aparecerá con claridad. Por amor a la humanidad, no puedo aceptarla. Prefiero quedarme con mis sufrimientos no expiados y mi ira insatisfecha, aunque no tenga razón. Además, se exige para esta armonía un precio demasiado alto, que no está en relación con nuestras posibilidades. Por ello prefiero devolver mi billete de entrada y, como hombre honrado, quiero hacerlo tan pronto como sea posible. Esto es lo que hago. No es que no acepte a Dios, Alíoscha, pero muy respetuosamente le devuelvo mi billete.

F. Dostoievski

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