contrastes
julio 12, 2012 § Deja un comentario
A— Joana Bonet escribe en La vanguardia:
Canosos y bronceados, con gafas de cristales azulados o variaciones de Ray Ban; los ojos pequeños igual que dos chinchetas, tan inquietos como sus cuentas suizas; la voz ronca, casi inaudible. «Acérquense us-tedes, yo no levanto la voz. Que grite este si quiere», dijo Flavio Briatore, dirigiéndose al intérprete, en la presentación de su nuevo club marbellí. Porque tanto él como los Abramovic, Trump o Hilton pertenecen a ese tipo de ricos que sólo levantan la voz cuando el champán está caliente. No se trata de una especie en extinción, pues su vigor no entiende de crisis ni de formalidades y éticas. Mientras abren sus generosas alforjas para la familia y amigos, mandan a sus gorilas por la puerta de atrás para dejar las cosas claras con quien se haya atrevido a toserles. […] Además de sus guardaespaldas, cuyo componente estético cada vez es más importante a fin de establecer castas entre los otros intocables, los acompañan mujeres que, a pesar de la voluptuosidad de sus curvas y de sus labios perfilados, no logran arrancarse el mohín de fastidio: de nada importa que sus brillantes sean proporcionales al tamaño de sus tetas, ni que en su alienante ociosidad traten a sus mascotas como bebés y a sus bebés como mascotas. Y aguardan en silencio un par de posibles destinos: los brazos de otro millonario o el psiquiátrico.
B— en El País de hoy:
Marisol y sus hijos se enfrentan hoy a su segundo desahucio (hace un mes los activistas frenaron el primero). Al contrario que en otros casos, Bankia no ha aceptado ofrecerle un alquiler social por sus bajos ingresos. Ni siquiera a pesar de contar con el aval de diez profesoras que han aportado sus nóminas como respaldo. De 37 años y ecuatoriana, tiene cinco hijos (el mayor, de 18 años; el menor, de seis meses) y solo percibe ayuda económica del padre del bebé, que está a punto de echar a andar. Encontrar trabajo se ha convertido casi en misión imposible para muchas madres solteras con hijos a su cargo. Sin posibilidad de pagar ayuda y sin familiares que puedan echarles una mano, sus casos son a veces desesperados. Los tres niños medianos de Marisol, de 6, 7 y 11 años, pintan en el salón carteles sobre su desahucio mientras su madre expone en otra habitación su caso. De poco sirve que intente ocultárselo, los niños están perfectamente al tanto de la situación de la familia. Fue precisamente que ellos pudieran jugar tranquilos lo que la movió a buscar un piso, explica. Antes los habían echado al menos de cinco pisos compartidos: “Mi meta era tener una casa donde a nadie moleste su bulla y anden a sus anchas”, dice Marisol, que se aferra al piso, un bajo de unos 50 metros con tres habitaciones de Carabanchel.