Lc 18, 9-14 una vez más
julio 13, 2012 § Deja un comentario
Es posible que sigamos sin entender. Es posible que aún no nos hayamos escandalizado lo suficiente. Y es que nos equivocamos, si hacemos del fariseo de la parábola un hipócrita antes de tiempo. En principio no deberíamos sospechar de su fe. El da a los pobres una parte de lo que gana. Hace lo debido, reza, ayuna, cumple con el Templo. Traducción: es socio de Intermón y durante los veranos les hecha una mano a las hermanitas de la caridad. Ese fariseo es probablemente una buena persona, un hombre íntegro, alguien que se siente conectado con Dios y da gracias por ello. Siente la proximidad de Dios, su presencia, su amparo. Incluso podemos ser un poco más sofisticados que Lucas y hacer que el fariseo interceda ante Dios por los que no tienen fe (con la secreta satisfacción, eso sí, que da la desgracia ajena). Que Jesús diga que no es él quien se encuentra en la correcta posición frente a Dios, sino el hijoputa que está en los últimos bancos del Templo, cubierto de su propia degradación, incapaz de Dios e implorando su perdón, debería cuanto menos sonrojarnos. Será, pues, verdad que el hombre solo puede situarse honestamente ante Dios reconociendo su incredulidad, su sempiterna falta de fe. Y, a partir de ahí, el resto.