lo sagrado y lo profano

julio 13, 2012 § Deja un comentario

Para entender la vieja distinción entre lo sagrado y lo profano basta con comparar ese momento mágico que viven los amantes —el momento de la sensación verdadera, el de la gran coincidencia, el instante en que el otro se nos revela como fragilidad— con la necesidad de negociar quién de los dos irá a comprar el pan. Por parafrasear a Rimbaud, los amantes se encuentran fuera del mundo, mientras que el matrimonio es un trato, aunque no necesariamente un mal trato. Pasa también con las vocaciones religiosas. Una cosa es el momento de la llamada y otra el del ejercicio del oficio sacerdotal, en donde muchas veces, Dios brilla por su ausencia. De ahí que la cuestión que, más pronto o más tarde, nos plantearemos sea esencialmente una cuestión religiosa, a saber, aquella que se pregunta sobre cómo conectar ambos momentos, ambos mundos; cómo permanecer ahí, en los tiempos originarios, cómo evitar la degradación. O, si se prefiere, cómo regresar al paraíso. La táctica moderna —aunque quizá no tan moderna— consiste en cargar moralmente los tiempos profanos, diciendo cosas del estilo: que cada día sea una sorpresa para tu amada; o bien que cada día puedas descubrir nuevos horizontes… Como si el otro mundo fuera un ideal que podemos implementar técnicamente en el más acá. Como si tuviéramos que transformar el carbón en un cristal puro. Cómo si fuera posible integrar la eternidad con el paso de los días, convertir este mundo en un edén. Sin embargo, la lucidez consiste en aceptar el hiato, el carácter irreconciliable de la existencia. Uno es en gran medida lo que hace. Y una cosa es contemplar el crecimiento de la hierba y otra tener que segarla. De ahí que la solución de los primitivos —aquella que consiste en marcar ritualmente el tiempo profano— sea probablemente la más sensata. Sabemos que tenemos que segar la hierba. Pero una cosa es segarla por completo y otra dejar un resto —porque así lo indica una ley indiscutible, divina—. Pues solo de este modo tendremos presente lo que descubrimos en los tiempos originales, a saber: que la verdad de lo que tenemos ahí enfrente solo se muestra si permanece fuera de nuestro alcance. Ahora bien, sin un dios que valga —sin un dios que confiera autoridad al tiempo originario, que nos impida, al fin y al cabo, ver ese tiempo como una ilusión, como un engaño— no hay presente que pueda escapar de su vacuidad o irrelevancia.

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