idolatrix
julio 16, 2012 § Deja un comentario
Sin Dios, tarde o temprano, acabamos divinizando cualquier cosa: el éxito, las mujeres, la opinión de papá, la vida, una utopía… Un ídolo es aquello en lo que depositamos toda nuestra confianza, aquello que, de realizarse, decidirá el sí o el no de nuestra entera existencia. Y es por eso mismo que un ídolo exigirá, a cambio, nuestro sacrificio. Pero, a diferencia de Dios, un ídolo siempre promete en falso. Un ídolo siempre miente. Ahora bien, ¿en qué confía quien confía solo en las promesas de Dios? ¿Acaso Dios en verdad puede prometer otra cosa que el fin del mundo? ¿Acaso la irrupción de Dios no termina con la posibilidad del hombre? ¿Acaso el creyente —el bienaventurado por su desgracia— puede esperar otra cosa que lo imposible, el carnaval cósmico, la inversión de todos los valores humanos, al fin y al cabo, que el león coma hierba? ¿Y acaso la esperanza de quien ya no puede esperar nada del mundo no está en la raíz de su insultante libertad?