TQ

julio 16, 2012 § Deja un comentario

Acabo de leer un breve artículo de Torres-Queiruga sobre la compatibilidad entre la fe y la ciencia. En el se insiste en uno de los tópicos del cristianismo progre, a saber, que Dios lejos de encontrarse en alturas inaccesibles es en verdad alguien que, de tan cercano que está, sufre incluso con nosotros. Pues bien, la verdad es que no acabo de entender esto del sufrimiento de Dios. Me imagino que soy aquel cristiano sudanés que vio, atado a un árbol, cómo los milicianos del norte descuartizaban a su hija de corta edad, después de haberse aprovechado de ella. Y me imagino también que el sacerdote o el teólogo de turno, a modo de consuelo, me susurra al oído que Dios, al fin y al cabo, sufre conmigo. Si esa es la respuesta de Dios, me parece más un insulto que una respuesta. Creo que tan solo podría consolarme, si yo fuera el centro de mi sufrimiento. Pero no sería ese el caso. Me atrevería a decir que Torres-Queiruga haría bien en leerse el AT en lugar de coger las tijeras y, al modo de un nuevo Marción, cortar por lo sano. Pues quizá entonces comprendería que un creyente no es aquel que supone que hay Dios porque siente su cercanía, sino aquel que se encuentra sometido a su trascendencia y, por eso mismo, a su Ley. Pues, solo porque Dios es el Altísimo —solo porque Dios ya no se encuentra presente en el mundo salvo como promesa de sí mismo—, puede el hombre cumplir con la voluntad de Dios, esto es, responder a esas voces, mejor dicho, ese clamor que escuchamos cuando topamos con su silencio.

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