trascendencias (1)
julio 16, 2012 § Deja un comentario
¿Qué hace quien se dirige a Dios? En principio, puede hacer dos cosas (o ambas, aunque no de un modo coherente). O satisfacer su necesidad de amparo. O (re)clamar, interrogar, cuestionar a Dios. Esto es, o bien pedir una intervención, o bien una respuesta. El primer caso puede comprenderse como un recurso de la psique. Y, ciertamente, da más tranquilidad, podríamos decir incluso que es más sano, ir por la vida sabiendo que no estamos solos y que luego pasaremos a mejor vida que existir con la convicción de que la vida se nos ha dado dentro de un plazo, de que la muerte es, para nosotros, un punto y final. En el primer caso, el creyente trata con un dios que se deja tratar, un dios, al fin y al cabo, al servicio del hombre. De hecho, aquí da igual que se dirija a Dios o que invoque a sus muertos. El segundo caso, en cambio, el creyente se encuentra ante un Dios intratable, un Dios que solo puede invocar, pues probablemente el creyente, al menos durante ese instante, no sea más que esa invocación. Y es que cuando la invocación es pura no se sostiene sobre ningún supuesto, ni siquiera sobre el que da por hecho que hay alguien ahí dispuesto a escucharnos. La relacion bíblica con el más allá no reposa tanto sobre un saber, ni siquiera tentativo, sino sobre esas preguntas sin respuesta que, por ellas mismas, nos arrojan fuera de los estrechos límites de nuestra necesidad o interés. Porque más allá del cosmos no hay nada —porque fuera del mundo habita un Dios que coincide con su silencio—, fuimos arrojados a la realidad de un Dios crucificado. Así pues, quien se dirige a Dios puede que esté haciendo dos cosas. O bien soñar. O bien despertar.