a imagen de Dios
julio 17, 2012 § Deja un comentario
Muchos creyentes, a la hora de intentar reducir la distancia entre el hombre y Dios, suelen apelar a aquello de que Dios creó al hombre a su imagen (Gn 1, 27). El hombre sería, por tanto, algo así como un réplica de Dios, aunque en tono menor. En esta misma línea, los gnósticos de siempre suelen entender este pasaje como si nos dijera que en lo más profundo del hombre habita una especie de chispa divina. Veamos, sin embargo, como funciona el texto. De entrada, no dice simplemente que el hombre sea una imagen de Dios, sino que fue hecho por Dios a imagen de Dios. Ni dice tampoco conforme a la imagen de Dios, sino como su imagen. Esto es, que Dios no creó al hombre teniendo en cuenta una imagen previa de sí mismo. La diferencia no es anecdótica, pues impide que podamos considerar al hombre como una réplica, aunque sea deficiente, de Dios. O, por decirlo con otros términos, Dios no es el arquetipo del hombre. Estamos a una gran distancia del demiurgo platónico, el cual, como sabemos, crea las cosas de este mundo copiándolas de las ideas ejemplares. En cambio, Dios, al crear al hombre, crea su propia imagen. Como si Dios se viera a sí mismo por primera vez cuando hace al hombre. Ahora bien, tal y como ocurre con cualquiera de nosotros cuando nos miramos al espejo, Dios no acaba de reconocerse en su imagen. Y es que, si uno puede decir que la imagen que refleja el espejo es su imagen —si uno puede decir yo soy ése—, es porque, en el fondo, no se reconoce enteramente en esa imagen, porque el yo que se identifica con su imagen se encuentra, en un cierto sentido, más allá de su imagen. Nuestra imagen nunca nos alcanza. Podríamos decir que el yo no se acaba de admitir a sí mismo donde se enfrenta a sí mismo… y, por eso, puede decir yo. De ahí que el yo busque, a veces con verdadera desesperación, reconciliarse consigo mismo, con su aspecto, intentando una y otra vez, alcanzar la mejor imagen de sí mismo, aquella que le permita, precisamente, aceptarse a sí mismo. Análogamente, si Dios puede decir yo en el momento en que crea al hombre —si puede verse a sí mismo en el hombre—, es porque se ha distanciado infinitamente de su creatura. En definitiva, el hombre, en tanto que imagen, es la huella de Dios. Como si Dios creara al hombre retirándose de la escena. Ahora bien, por eso mismo, la búsqueda de Dios, su amor hacia sí mismo, no prentenderá otra cosa que el embellecimiento del hombre, su elevación. Sin embargo, como ocurre también en nuestro caso, Dios fracasará en el intento, pues no hay modo de que nadie coincida con su imagen, sin perder por el camino la posibilidad de decir yo. El único modo de alcanzar un mínimo de integridad pasa porque el yo acepte su imagen defectuosa, que abrace aquello inaceptable de sí mismo, su mal olor, su mierda. De ahí, que la única manera de que Dios pueda reconciliarse con el hombre —con la imagen de sí mismo—, no se decida del lado del hombre, sino del lado de Dios. Esto es, no pasa por la elevación, el embellecimiento del hombre, sino por el hecho de que Dios acepte la deformidad del hombre y cargue con ella. Pasa, en definitiva, por la humillación de Dios, por la Encarnación. En consecuencia, cuando decimos que Dios crea el hombre a su imagen, ya estamos diciendo otra cosa que la habitual en religión. Y es que no hay religión que admita que el único modo de que el hombre pueda salvar la distancia que le separa de Dios sea por medio de un Dios que se humille hasta el punto de hacerse un maldito de Dios.