según Juan (1)
julio 17, 2012 § Deja un comentario
Es sabido que una de las fijaciones del evangelio de Juan es mostrar que no hay otra posibilidad de creer en Dios, en el sentido bíblico del término, que creyendo en Jesús. Esto es, que el hacerse fuerte en Dios, la ciega confianza de Abraham, solo puede ser llevada hasta el final acogiendo el espíritu del Jesús que muere en la Cruz. Otra manera de decir lo mismo es diciendo que los hombres solo son capaces de amar, esto es, de responder a la voluntad de Dios, porque han sido amados previamente por Dios (1 Jn 4, 10). Pues bien, lo cierto es que hay dos modos de comprender lo anterior (y en general todo el evangelio de Juan). El primero parte de una concepción, vamos a decirlo así, blanda de lo que es el amor, para luego aplicarla al momento de la crucifixión. Y, así, nos imaginamos a Jesús muriendo con mansedumbre y abrazando, es un decir, a todo quisqui porque, al fin y al cabo, estaba poseído por la bondad de Dios. El inconveniente de esta manera de leer a Juan es que se hará muy difícil decir que solo a través de Jesús puede el hombre saber que es Dios y en que consiste su plan de salvación. Pues si de lo que se trata de poseer la bondad —o, si se prefiere, de dejarse poseer por ella—, entonces es obvio que hombres buenos hasta el final han habido unos cuantos. Más aún: si, en definitiva, es cuestión de morir en nombre de la bondad de Dios, entonces la Cruz es una muerte con sentido, esto es, bajo el amparo indiscutible de Dios. Pero no parece, si es que hemos de hacer caso de Marcos, el evangelio más pegado a los orígenes, que Jesús muriera con el sentimiento de que Dios estaba por ahí. El segundo modo de comprender la tesis de Juan consiste en partir de la Cruz, la cual no deja de ser una tortura romana, una maldición de Dios (Gal 3, 13). Reconocer la entrega de Jesús al horror de la crucifixión como el amor mismo de Dios —comprender la piedad de Jesús como la impotencia de Dios, aquella por la que Dios se pone, precisamente, en manos de los hombres— es algo que no puede dejar indemne cualquier idea previa de Dios, incluyendo aquella que hace de Dios algo parecido al abuelito de Heidi. Pues una cosa es una bondad capaz de entregarse hasta morir —una bondad podríamos decir que de, tan modélica, es digna de la divinidad— y otra la bondad que provoca en el corazón de los hombres el perdón de un Crucificado que nunca quiso morir como Dios.