Thérèse (y 2)

julio 25, 2012 § Deja un comentario

Una de las escenas más chirriantes de Thérèse de Alain Cavalier es aquella en la que una monja narra su éxtasis particular. Parece ser que las monjas tenían la costumbre de beberse el agua con la que habían lavado a los enfermos del hospicio. Pues bien, en una de esas, la monja en cuestión se encuentra con la costra de un leproso. Ni corta, ni perezosa se la toma… como si de la sagrada ostia se tratase. Como si esa fuera en realidad su primera comunión. Con todo, nosotros podemos preguntarnos, si hasta ahí llega la santidad. Y puede que sí, siempre y cuando, de lo que se trate es de vencer nuestra resistencia al otro, al fin y al cabo, a lo que nos repugna de él. Sin embargo, puede que no, si de lo que se trata es del otro, esto es, de vestirlo y sanarlo… como si fuera ese hermano que en definitiva es. Pues probablemente cuando se busca en exceso la santidad, uno acaba más centrado en sí mismo de lo debido. Y es que, si de lo que se trata es de vencerse hasta el final, las resistencias acaban por reproducirse ad infinitum, de modo que hasta las más microscópicas alcanzan el peso de una culpa insoportable.

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