Dante (y 2)
julio 30, 2012 § Deja un comentario
La grandes verdades suelen morir de éxito, pues el precio del arraigo es la pérdida de su poder revelador. Así, porque la Divina Comedia triunfó —porque llegó a ocupar un lugar central en el canon de Occidente— hoy podemos creer con excesiva facilidad que solo puede redimirnos nuestra entrega incondicional a una mujer (o, en su defecto, a un hombre). Por eso cuando leemos la Divina Comedia, no sabemos encontrarle el qué, más allá del hallazgo de sus metáforas. Pues nosotros, los que culturalmente damos por hecho el carácter salvífico de la pasión romántica, no podemos comprender la osadía de Dante cuando sitúa a Beatriz en el lugar vacante de Dios. Algo parecido ocurre con el cristianismo. Pues resulta muy difícil comprender la carga de profundidad de la fraternidad cristiana donde damos por hecho, gracias precisamente al triunfo histórico del cristianismo, que los hombres somos, por defecto, iguales. Cuando lo cierto es que solo sometidos a la altura de Dios podemos atrevernos a decir tal salvajada.