la carne en el asador

julio 30, 2012 § Deja un comentario

Uno conoce una religión por sus relatos fundamentales. Y lo cierto es que las historias bíblicas, sobre todo cristianas, tienen muy poco que ver con sus equivalentes orientales. Éstas suelen ser historias de metamorfósis, relatos en los que los protagonistas han logrado, por la vía del esfuerzo o la experiencia, desprenderse del lastre de una corporalidad demasiado atada a las cosas de este mundo. Esto es, son historias en las que el gusano se transforma en mariposa o, si se prefiere, en una especie de gusiluz. En este sentido, podríamos decir que sus historias son ejemplares. En cambio, los elegidos por el Dios cristiano no parece que se hayan desprendido de ningún lastre. Más bien, su mierda —su impotencia— va con ellos hasta el final, esto es, hasta el momento en que se ven obligados a responder a un Dios que no tiene otra voz que la del pobre. Quizá no haya que recordar lo que fue indiscutible para Jesús de Nazareth: que los más incapaces de Dios —los publicanos, las putas, los niños soldado, el sacerdote alcoholizado…— nos precederán en el Reino. Y es que en el momento de la verdad, el tiempo de Dios, ese tiempo final en el que el hombre ya no puede seguir confiando en su posibilidad, todos estamos en la misma situación. Y nada —¡nada!— de lo que hayamos podido hacer con anterioridad en la dirección de Dios garantiza que seamos capaces de responder. Todos ante Dios, hayamos hecho lo que hayamos hecho, estamos en la misma posición de salida. Pues no sería la primera vez que, en el momento de la verdad, los puros dan un paso atrás y aquel que despreciamos por su falta de integridad, un paso al frente. Hay que leer a Graham Greene, sobre todo la que sería probablemente su mejor obra, El poder y la gloria, para saber de qué va esto de la redención cristiana. Pues aquello de la resurrección de la carne puede que no signifique otra cosa que el hecho, evidente para quien sepa verlo, de que no somos salvados de la carne, sino en la carne. Que la salvación no es para los puros, sino para los que son incapaces de cualquier pureza. Es decir, que el salvado, el que responde a la (des)gracia de Dios, lleva consigo su propia mierda allí donde responde (y quizá por eso mismo sea capaz de responder). En este sentido no habría metamorfósis en la redención cristiana, sino, por decirlo de algún modo, transfiguración. La mierda —como la arruga— acaba por ser hasta bella donde Dios interrumpe la vida de los hombres.

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