el dilema
agosto 2, 2012 § Deja un comentario
A eso de las diez estaba escuchando el primer movimiento de la novena de Beethoven dirigida por Furtwängler. El mar de sant Pol en el fondo y mi hija Clara en el balcón, jugando con unas monedas. Papi, ¿por qué lloras? No ha habido otro, con permiso de Celibidache, que haya conseguido lo que Furtwängler con una orquesta. Los tempi son perfectos, entre el silencio y el aullido, aunque el recelaba, al igual que Celibidache, de las grabaciones por cómo éstas los alteraban imperceptiblemente. En cualquier caso, Furtwängler es la música. Es lo que tienen los grandes: que una vez los escuchas, cualquier otro intérprete deja de tener la más mínima relevancia. Y me preguntaba qué eligiría, si tuviera que escoger entre la vida de un cualquiera —por ejemplo, la del amargado que tengo ahora delante de mí, tomando un carajillo— y esa novena. Parece que la vida de un cualquiera no valga lo que valen las grandes obras de los hombres. ¿Acaso podríamos soportar que nadie pudiera escucharla nunca más —que desaparecieran sus partituras y el resto de sus grabaciones— para que ese hombre, probablemente un cabronazo, pudiera vivir unos cuantos años más? ¿Puede amarse la música más que a los hombres? Solo quien no se ha sentido justificado al oir a Beethoven o a Bach puede responder fácilmente en favor de un cualquiera. Aunque, de hecho, la misma pregunta podríamos hacerla en relación con, pongamos por caso, el nirvana. ¿Seríamos capaces de cambiar todos los éxtasis de los místicos por la vida de uno de los nuestros? ¿Podríamos quedarnos sin Dios por la existencia de un solo hombre? Por fortuna, Dios ya tomó esta decisión por nosotros. Pues si nosotros, los arrancados, existimos por encima de nosotros mismos y nuestras obras es porque Dios quiso retirarse del mapa en el origen de los tiempos. De hecho, de aquí diez mil años, quizá sigan habiendo hombres, pero lo que es seguro es que ya nadie sabrá quien fue Beethoven.