alergias
agosto 4, 2012 § Deja un comentario
La palabra «Dios» no significa nada al margen de quien la pronuncia. O, mejor dicho, puede según sea ese quien significar cosas muy distintas. Si es dicha —invocada— desde un sufrimiento sin respuesta, Dios es, ciertamente, aquello que no se encuentra por ninguna parte, lo otro del mundo (y no alguien de otro mundo). Y su falta de respuesta provoca —pro-voca— en el creyente la visión de los aparecidos, aquellos desgraciados que ocupan precisamente el lugar del Dios que no aparece. Pues la verdadera trascendencia es la que deja huellas en el hombre, la que transforma al hombre en un marcado por Dios, en una oquedad, un silencio, en un sin Dios. Por contra, si la palabra «Dios» es pronunciada por los satisfechos de Dios, entonces uno no puede evitar la sospecha de que ese Dios tiene más que ver con ellos, con su interés en que haya Dios, que con Dios en verdad. Los primeros nos obligan, cuanto menos, a guardar silencio. Los segundos nos causan urticaria. Y ya se sabe que el mejor remedio, mientras no venga el invierno, es un poco de alcohol.