sin Freud

agosto 4, 2012 § Deja un comentario

Supongamos que, de aquí a unos cien años, alguien dijera que el inconsciente no existe. Que las imágenes de nuestros sueños no se explican en relación con ciertos traumas infantiles, sino con las oscilaciones aleatorias de la sinapsis neuronal. Esto es, supongamos que esas imágenes dejaran ya de ser significativas, de revelarnos algo parecido a un destino. Supongamos, sin embargo, que algunos acérrimos al psicoanálisis insistieran en que el inconsciente no es un hecho, sino una figura del pensamiento, algo así como la cosa que nos permite seguir instalados ante lo que de algún modo nos constituye y, sin embargo, supera. Que lo decisivo —lo que decide un modo de ser más elevado con respecto a la vida meramente inercial— fuera existir como si hubiera inconsciente. Los últimos psicoanalistas trabajarían, pues, con una hipótesis de trabajo que ya de antemano no cabría confirmar. Y de ahí a dejar de trabajar hay un paso. Muy pocos, salvo aquellos que vivieran del cuento, podrían creer en la eficacia redentora del psicoanalisis. Sustituyamos «inconsciente» por «Dios» y tendremos una buena aproximación a nuestra actual dificultad para la fe. Por suerte para el creyente, Dios en verdad nunca fue una buena explicación, sino más bien un gran interrogante. Quien sabe leer no puede menos que asombrarse por cómo la pregunta por el lugar de Dios recorre transversalmente el conjunto de los textos bíblicos. Pues quien cree no es quien supone que Dios se halla por encima de nuestras cabezas, dispuesto a responder a nuestros sacrificios, sino quien se encuentra marcado por su falta de respuesta. El creyente es, pues, alguien que no acaba de dar el paso hacia el ateísmo donde podría darlo perfectamente, a saber, en medio del sufrimiento indecible de los hombres. Y es que hay quienes puede pasar sin Dios —pero solo porque sigue siendo cierto aquello de que a rey muerto, rey puesto— y los hay que no pueden soportar su ausencia. Como esa madre cuyo mundo queda por entero transfigurado por la desaparición del hijo. Será cierto, al fin y al cabo, que Dios solo puede ser Padre allí donde se revela como un Hijo muerto.

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