dharma

agosto 6, 2012 § Deja un comentario

Algunos, con la intención de reducir la distancia que separa el budismo del cristianismo, suelen hacer referencia a aquella enseñanza tan citada de la tradición budista en donde se nos dice que no puede haber en verdad nirvana para nadie mientras siga habiendo sufrimiento en el mundo. Pero esto sería como equiparar al intérprete que vive obsesionado con la música —un Sokolov, un Casals, un Glenn Gould…— con el aficionado que va al Palau los domingos por la mañana. Pues la cuestión es qué lugar ocupa la compasión en cada tradición. Y no parece que éste sea central en el caso del budismo. Para un cristiano la miseria de los hombres es (o debería ser) tan insoportable que incluso llega a poner en cuestión la entidad misma de lo divino. El sufrimiento y desarraigo de los hombres es cristianamente indecible, hasta el punto que, del lado del hombre, el mal se muestra como algo último, definitivo, substancial. Mientras que uno no puede evitar la impresión de que para el budismo el mal, en tanto que depende un determinado estado de conciencia, es técnicamente superable. En el budismo de lo que se trata es de estar por encima del mal, en modo alguno de cargar con su peso a la manera de un cordero pascual. En un caso, el mal es un misterio, al fin y al cabo, el misterio de la Cruz. (¿Cómo el hombre de Dios puede acabar abandonado de Dios?) En el otro, no, pues no hay en realidad ni bien, ni mal donde toda dualidad es ilusoria. Es por eso que un cristiano siempre encontrará demasiado saber ahí, aunque se vista con las paradojas de un saber acerca de (la) nada.

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