las cosas del Mariano (2)
agosto 13, 2012 § Deja un comentario
El problema de una espiritualidad new age es que depende en exceso de un saber acerca de las últimas cosas. Esto es, depende de que su hipótesis de trabajo sea, precisamente, verdad. Pues imaginemos que no fuera cierto que hay otra dimensión —que ésta no fuera más que una imagen sin correlato objetivo—. No parece que los esfuerzos del hombre por participar de esa dimensión tuvieran algún sentido más allá del efecto placebo. Otra cosa es que esa otra dimensión fuera, según los términos de Corbí, una realidad absoluta. Ahora bien, como dice acertadamente Corbí, una realidad absoluta no es nada en particular, y por tanto, en estricta lógica, efectivamente no es. Y si la espiritualidad del hombre tan solo puede apuntar a su disolución en la nada, entonces de lo que se trata, al fin y al cabo, es de morir. A menos que baste con caer en la cuenta de que todo en definitiva es nada. Pero en ese caso la realidad absoluta ha dejado de ser precisamente absoluta, pasando a ser algo que se da en relación con nosotros, una idea o un cierto saber. A mí me parece que el carácter último de la nada impide, de hecho, que podamos considerarla como aquello mas real de la existencia. La nada, sin duda, no puede darse más que como la imposible posibilidad de todo cuanto es. Como si, al fin y al cabo, todo cuanto es solo pudiera hacerse presente desde el horizonte último de la nada. Sin embargo, si la nada es la imposible posibilidad de cuanto es, entonces lo real no es la nada, sino aquello palpable, corpóreo, bello y maloliente a la vez. Lo real es el mundo, si la realidad absoluta no es propiamente nada. Por eso mismo, en relación con la nada, no hay gran cosa qué decir ni qué hacer. En todo caso, la cuestión es cómo queda nuestro mundo —y qué hacer con él— una vez caemos en la cuenta de que la nada es el fondo insuperable de la existencia. Pues la nada o bien nos arroja al nihilismo, si el hombre contempla esa nada como final, o bien transfigura el mundo, si de lo que se trata es de vivir dentro de un plazo. Pues si la nada es un final, todo vale por igual. Mientras que si la nada hace de este mundo, otro mundo —un mundo definitivo, final—, entonces una masacre no es lo mismo que la alegría de un niño. Desde la nada que transfigura el mundo, el hombre debe vivir, no morir (aun cuando inevitablemente tenga que morir). En este caso, la nada no puede ser un destino, sino ese silencio que mantiene el mundo en vilo, a la espera de una última palabra. Somos en verdad quienes esperan esa última palabra. Y porque somos eso no podemos ir más allá, sin dejar de ser quienes somos.