oración

agosto 14, 2012 § Deja un comentario

A veces pienso que hay más verdad en la oración judía que en la cristiana, pues el cristianismo difícilmente puede desembarazarse de los préstamos de la superstición popular, esos que explican en buena parte su éxito histórico. Tanto el judaísmo como el cristianismo admiten que Dios se da como promesa de sí mismo (o, según la feliz fórmula de Jüngel, que Dios en sí se da en adviento) y que, mientras tanto —mientras no acontecen los tiempos finales—, de Dios en el presente tan solo tenemos su huella, su mandato: el clamor de los huérfanos, el llanto de los crucificados de la Tierra. Pero, a la hora de invocar a Dios —a la hora de dirigirse a Él— diría que tan solo el judío es consecuente con esa experiencia de Dios. Pues en la mente de muchos cristianos, Dios sigue siendo aquél que se ubica en el presente por encima de quienes le representan, como si se tratara de un espíritu bonachón. Esto es, como si fuera ese deus ex machina de las tragedias de Eurípides que puede intervenir en cualquier momento como solución a nuestros problemas, sin que esa intervención ponga un punto y final a nuestro mundo. Mientras que el judío, el cual está demasiado cerca del sufrimiento de los hombres como para que la invocación sea, antes que una disposición del alma bella, un gesto corporal, no deja de tener presente la altura de Dios. No es causal que los judíos entiendan que quien reza de verdad, reza ante un muro. Quien espera una solución de Dios, no se encuentra en verdad en manos de Dios. Tan solo quien le invoca sabiendo casi por instinto que Dios, en el presente, no responde de otro modo que invocando al hombre. Pues tan solo quien le invoca sin esperar una solución aquí y ahora, puede escuchar el grito de los oprimidos como la voz imperativa de Dios. Pero el cristianismo está demasiado acostumbrado a jugar con dos barajas como para caer en la cuenta de su doblez. Por suerte, la relación del hombre con Dios no se decide de nuestro lado. Y quizá hayan sido los cristianos los que, tradicionalmente, han respondido en mayor medida al clamor de las víctimas. A pesar de su vena supersticiosa. O quizá por ella.

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