las relaciones elementales de parentesco
agosto 20, 2012 § Deja un comentario
A la vista, un modelo, un paradigma, una imagen ejemplar. Por ejemplo, el de una familia feliz. Cada uno ocupa el lugar que le corresponde. Cada uno se ajusta a lo que se espera de su papel. Esto es, todo coincide con lo que tiene que ser según el orden natural de las cosas. Aquí aún hay sitio para las reglas de la autoayuda. Uno puede creer que es posible mejorar, si sigue las instrucciones para pulirse. Luego, sin embargo, viene Freud y saca los trapos sucios. La familia se revela como un cuarto oscuro. El amor de madre posee un envés en cuya nervadura perecen los hijos por asfixia. El padre será respetado mientras no confiese sus fantasías. La compasión hacia el hermano más débil está llena de una secreta satisfacción por su debilidad. Todo es aquí mezcla. No es que uno haya dejado de hacer los deberes. Es que no es posible separar la luz de la oscuridad. Ambas van de la mano. Finalmente, y con un poco de suerte, acaso el hijo perdone al padre que abusó de él. O la madre al hijo que la despreció. O Abel a Caín. Pero esto ya son cosas de otro mundo. (En resumen: lo primero es religión, mejor dicho, religión como estupidez. Lo segundo, la cruda verdad. Lo tercero, cristianismo, el cual no puede evitar situarse más allá de la verdad.)