Ratzinger
agosto 21, 2012 § Deja un comentario
Dice Joseph Ratzinger: el hecho de que la tierra, el cosmos, reflejen el Espíritu creador significa también que sus estructuras racionales —que, más allá del orden matemático, se hacen casi palpables en el experimento— llevan en sí también una orientación ética. El Espíritu que los ha plasmado es más que matemática, es el Bien en persona, el cual, mediante el lenguaje de la creación, nos señala el camino de la vida recta. Pero ¿es esto cristiano? De hecho, sí, pues el cristianismo siempre jugó con dos barajas, la semítica y la pagana. Y lo anterior, dejando a un lado las referencias explícitas al espíritu creador, está muy cerca del orden arquetípico de, pongamos por caso, el cosmos pitagórico. La cuestión más bien es si esto es judío y la respuesta es que no. Para el AT, la Creación no es un cosmos, un sistema ejemplar. Para el judío hay algo de inconcluso en la Creación —algo que no acaba de funcionar—. El mal no es tan solo achacable a una desobediencia puntual, corregible como creyeron en un primer momento los profetas. El mal es el otro lado del bien, su envés, su sombra. Si YWHW es Señor de la luz y la oscuridad (Is 45, 7) —si ambas son debidas a la radical trascendencia de YWHW—, entonces la Creación no es una última palabra, sino eso que exige una última palabra. Si el mundo se revela como creado no es porque Dios sea su arquitecto, sino porque el mundo se encuentra atravesado por el Mandato de un Dios que está por ver, Mandato o Voluntad que no acaba de coincidir con la Ley del mundo. La Ley del mundo no conoce la piedad. La belleza inagotable de las galaxias avanza a lomos de la destrucción. Todo cuanto ocurre en el mundo es lo que tiene que ocurrir. Pero la Voluntad de Dios es lo que debe ser más allá de lo que tiene que ser. Para el judío, pues, la experiencia creyente no es la de encontrarse bajo aguas que nos cubren —o, por decirlo con otras palabras, la de participar de un orden—, sino la de encontrarse sometido a un Dios cuya Voluntad solo puede realizarse como fin del mundo.